La designación de Solano Benítez como arquitecto principal del Centro Pompidou Paraná, anunciada en 2025, marcó un hito en la arquitectura latinoamericana y en la cooperación cultural internacional. El proyecto, que se erigirá en Foz de Iguazú, Brasil, a pocos kilómetros de las Cataratas del Iguazú, representa la primera sede del icónico museo francés en América del Sur y promete transformar el panorama turístico y económico de la región. La noticia, aunque celebrada por el sector cultural, también despertó interrogantes sobre los costos, los plazos y el impacto ambiental en un área de reserva forestal.
Para comprender la magnitud de este emprendimiento, es necesario remontarse a los antecedentes de la expansión internacional del Centre Pompidou. Fundado en 1977 en París, el Pompidou se ha caracterizado por su arquitectura vanguardista y su enfoque multidisciplinario. En las últimas décadas, ha buscado establecer sedes fuera de Francia: en 2015 inauguró el Pompidou Málaga en España, y en 2018 el Pompidou Shanghái en China. La elección de Foz de Iguazú responde a una estrategia de descentralización que apunta a mercados emergentes y a regiones con alto potencial turístico. La ciudad, que recibe anualmente seis millones de visitantes atraídos por las cataratas, se posiciona como un epicentro cultural sin precedentes en la triple frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay.
El proceso de selección del arquitecto no fue un concurso tradicional. Solano Benítez, nacido en Asunción en 1963 y ganador del León de Oro en la Bienal de Venecia 2016, fue elegido tras una serie de deliberaciones que redujeron una lista inicial de 30 invitados a 15, luego a 5 y finalmente a él. Según relató, la selección se desarrolló en paralelo con las negociaciones entre el Pompidou y la Secretaría de Cultura del Estado de Paraná, acuerdo que se firmó en 2025. «No fue un concurso habitual. De hecho participé en varios certámenes nacionales e internacionales y siempre fui derrotado con todo éxito por la operativa normal de la disciplina», confesó Benítez, quien ahora lidera un equipo multidisciplinario.
El terreno asignado, ubicado saliendo del aeropuerto de Foz de Iguazú a mitad de camino entre la ciudad y las cataratas, presenta desafíos y oportunidades únicas. Se trata de un área que había sido deforestada pero que está siendo reclamada por la selva misionera. Benítez aprovecha esta condición para crear un diálogo entre la arquitectura y el ecosistema. «Aprovechamos un lugar que había sido deforestado pero que ya empieza a estar cooptado por el verde, un poco como en las reducciones jesuíticas con algo del universo de Piranesi. Un lugar donde la naturaleza se reafirma y se mete por todos los espacios posibles», explicó. La referencia a las reducciones jesuíticas, establecidas en la región durante los siglos XVII y XVIII, no es casual: aquellas misiones combinaron la organización urbana con la integración del entorno natural, un antecedente histórico que resuena en la propuesta contemporánea.
El diseño del museo, con una superficie total de 34.000 metros cuadrados, de los cuales entre 20.000 y 24.000 corresponden a espacios funcionales, se organiza en dos niveles. En el inferior se ubican la recepción, un auditorio, servicios, depósitos y una plaza central techada que conecta con los jardines. El nivel superior albergará las salas de exhibición permanente y temporaria, además de un mirador panorámico hacia la selva. La estructura es abierta, permitiendo que el viento y los sonidos del bosque penetren en las salas. «El museo tendrá una suerte de sala hipóstila donde los árboles oficiarán de columnas, un acceso en cada punta y una gran plaza», detalló Benítez, estableciendo un paralelismo con los templos clásicos de la antigüedad.
Uno de los aspectos más innovadores es la incorporación del petricor, el aroma que emerge cuando la lluvia toca el suelo y reacciona con la geosmina, una sustancia producida por bacterias. Benítez diseñó una gran batea dedicada a producir este olor, que funcionará como herramienta para definir la territorialidad y estimular la memoria sensorial de los visitantes. «Es decir que cuando se ingresa al museo se ingresa con todos los sentidos: el aroma, lo visual, el viento —porque es una estructura abierta—, los sonidos del bosque y de los pájaros», afirmó. Esta aproximación multisensorial contrasta con la tradición de museos cerrados y herméticos, y se alinea con las teorías de la arquitectura fenomenológica que buscan involucrar al cuerpo completo en la experiencia del espacio.
Las implicancias económicas del proyecto son significativas. Se estima una inversión inicial de 50 millones de dólares, financiados en partes iguales por el gobierno del Estado de Paraná y la fundación francesa. La construcción generará alrededor de 2.000 empleos directos y 5.000 indirectos durante los tres años previstos de obra. Una vez operativo, el museo espera recibir 1,5 millones de visitantes anuales, lo que representaría un incremento del 25% en el turismo cultural de la región. Los sectores hoteleros y gastronómicos de Foz de Iguazú ya proyectan un crecimiento del 15% en sus ingresos para 2029, año de la inauguración. Sin embargo, también surgieron críticas de grupos ambientalistas que advierten sobre el riesgo de urbanización en un área de amortiguación de la selva. Benítez respondió que el proyecto tiene una «intervención mínima» y que se preservarán las especies nativas.
En el contexto latinoamericano, el Centro Pompidou Paraná se suma a una serie de proyectos culturales de gran escala, como el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (2019) o el Museo del Mañana en Río de Janeiro (2015). No obstante, su localización en una zona de frontera y su enfoque en la naturaleza lo distinguen. La integración con el Parque Nacional do Iguaçu, Patrimonio de la Humanidad, obliga a extremar los cuidados ambientales. El arquitecto ha manifestado su intención de obtener la certificación LEED Platinum, que exige altos estándares de eficiencia energética y bajo impacto.
La elección de Solano Benítez no solo reconoce su trayectoria —con obras como el Pabellón de Paraguay en la Bienal de Venecia 2016 y el Centro Cultural Casa del Bicentenario en Asunción—, sino que también reafirma el protagonismo de la arquitectura paraguaya en el escenario global. Su estilo, caracterizado por el uso de materiales locales como el ladrillo y la madera, y por la integración de la vegetación, encuentra en este proyecto una síntesis madura. «La arquitectura debe ser un instrumento de transformación social y ambiental», declaró en una entrevista reciente, aunque evitó pronunciarse sobre las críticas.
De cara al futuro, el Centro Pompidou Paraná enfrenta desafíos logísticos y financieros. La crisis económica en Argentina, principal mercado emisor de turistas hacia la región, podría afectar la afluencia de visitantes. Además, la competencia con otros destinos culturales como el Museo de Arte Moderno de São Paulo o el MALBA en Buenos Aires exigirá una programación atractiva y una gestión eficiente. El comité asesor, integrado por curadores internacionales, ya trabaja en la colección inaugural, que incluirá obras de artistas latinoamericanos y europeos, con énfasis en el arte contemporáneo.
En conclusión, el Centro Pompidou Paraná es mucho más que un museo: es un laboratorio arquitectónico que busca reconciliar la cultura con la naturaleza, y un motor económico para una región que depende del turismo. Su éxito dependerá de la capacidad de mantener el equilibrio entre la ambición artística, la viabilidad financiera y la sostenibilidad ambiental. La visión de Solano Benítez, con su énfasis en los sentidos y en la memoria del paisaje, ofrece una hoja de ruta prometedora, aunque su concreción enfrentará inevitables tensiones. La historia de la arquitectura latinoamericana registra intentos similares, como el Museo de Arte de São Paulo (MASP) de Lina Bo Bardi, que combinó audacia estructural y diálogo con el entorno. El tiempo dirá si el Pompidou Paraná alcanza esa estatura.
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