Cultura

Del resentimiento al voto: François Dubet analiza cómo el desprecio se transforma en capital político de las derechas contemporáneas

Algunos sentimientos han dejado de operar en el ámbito privado de las conciencias individuales para instalarse de manera manifiesta en el espacio público y alterar el funcionamiento de las democracias contemporáneas. Las emociones más íntimas se volvieron colectivas, generando impulsos que oscilan entre la suma de individualidades y agrupamientos de alcance masivo. En este escenario, ciertos liderazgos han encontrado un material políticamente rentable en el aprovechamiento y la estimulación deliberada de esas emociones, transformándolas en capital electoral.

El sociólogo francés François Dubet, profesor emérito de la Universidad de Burdeos y exdirector de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), aborda esta problemática en su obra ‘El desprecio, ese poderoso combustible de las derechas’, publicada originalmente en francés por Seuil en septiembre de 2025 bajo el título ‘Le mépris. Émotion collective, passion politique’ y editada en español por Siglo XXI Editores en abril de 2026. El ensayo examina una pasión de carácter contagioso: basta con que un individuo se sienta despreciado para que responda con la misma actitud hacia otros, estableciendo una cadena relacional que se propaga a lo largo del tejido social. Esta dinámica circular, descrita por el autor como autorreferente, sostiene que solo se libera uno del sentimiento de ser despreciado despreciando a su vez, y que el líder populista habla en nombre de los despreciados.

El desprecio, lejos de constituir un elemento identitario o un factor de cohesión colectiva, opera como reflejo de una carencia social y de una ausencia de conciencia de clase. Dubet lo identifica como un componente de despolitización que anula el conflicto en términos argumentativos, sustituyendo la deliberación por una afirmación emocional del malestar. En este punto, el autor desarrolla una crítica al populismo en la conformación de un pueblo y un antipueblo: la noción de pueblo se define en relación con un enemigo, y la polarización resultante no admite instancias de negociación, pues se sustenta en la confrontación como condición necesaria para la diferenciación del otro, obstaculizando cualquier posibilidad de síntesis política.

El análisis de Dubet adquiere particular relevancia en el contexto argentino al cuestionar a los sectores progresistas que adoptaron la teoría populista de Ernesto Laclau sin prever que ese estado de polarización podría ser capitalizado por fuerzas de derecha. La referencia a Chantal Mouffe, otra teórica del populismo que alimentó el pensamiento de izquierda, introduce la distinción sobre el antagonismo, una noción que, según el autor, descarta la idea de enemigo político en favor de una confrontación de adversarios dentro del marco democrático. Esta diferencia conceptual resulta decisiva para comprender los límites y los riesgos de las estrategias políticas basadas en la construcción dicotómica del campo social.

Dubet también observa que tanto la indignación como el desprecio configuran un estado de impotencia que extiende al populismo como estilo político transversal a los partidos. En este esquema, el estilo reemplaza a la ideología y el líder encarna la ira popular. La impotencia se consolida cuando no se logra trascender ese estado emocional, convertido en una afirmación permanente del malestar que sustituye la elaboración programática y la deliberación racional. El estado de injusticia que el desprecio, el odio y el resentimiento identifican se transforma en argumentos que anulan la discusión, adquiriendo autoridad por sí mismos en un circuito que no requiere verificación empírica ni contrastación con datos.

Una de las particularidades del pensamiento de Dubet reside en su consideración de que el desprecio, así como el resentimiento y el odio, puede albergar una etapa inicial productiva e incluso actuar como disparador crítico. El autor no propone negar ni erradicar completamente estos sentimientos, sino asumirlos como emociones inherentes a la condición humana y diferenciar el modo de procesarlos o sublimarlos. La cuestión central consiste en transformar el enojo y la bronca en algo que trascienda el malestar individual. En diálogo con la tradición historiográfica de Eric Hobsbawm, Dubet entiende que el desprecio puede funcionar como la energía de los rebeldes primitivos, y se pregunta si esa fuerza puede convertirse en una energía democrática. Su planteamiento no aspira a una pureza sentimental, sino a una transformación crítica que convierta el desprecio en instrumento y no en una mera condición individual.

El fenómeno del desprecio contemporáneo excede la dimensión estrictamente clasista. El autor observa que movimientos como los chalecos amarillos en Francia articulan sus demandas en términos individuales y rechazan sistemáticamente la consideración de sí mismos como colectivo organizado. El desprecio se funda en una narrativa sobre el propio sujeto, en un modo de verse a uno mismo y de internalizar la mirada del otro. Lo que se denuncia, según Dubet, es una emoción: la percepción de una injusticia en relación con las cosas que el sujeto no puede conseguir, sin que ello impulse necesariamente a comprender la generalidad del estado social que se encuentra en la base de esas carencias.

Las implicancias de este análisis se extienden a la comprensión de fenómenos como el ascenso de Donald Trump y de los liderazgos de la derecha radical europea, que movilizan de manera permanente la imagen de un pueblo despreciado por sus enemigos, identificados en las élites, los expertos, los extranjeros y los sectores considerados asistidos. Movimientos como Occupy Wall Street y el 15-M español comparten con los chalecos amarillos la característica de expresar un malestar que no siempre logra convertirse en acción política transformadora. El desafío que plantea Dubet consiste en transitar de esas pasiones hacia una herramienta de emancipación democrática: el gran interrogante de las sociedades contemporáneas es si el desprecio, ese combustible que las derechas han sabido explotar con eficacia, puede ser redirigido hacia una construcción política que restaure la capacidad de deliberación colectiva y la conciencia de los problemas estructurales que lo originan.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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