Hay escritores que no conciben la elección de un único título cuando se trata de recomendar lecturas para la infancia. Sylvia Iparraguirre pertenece a esa estirpe de autores para quienes el territorio de la literatura infantil y el de la formación del lector son demasiado vastos y fecundos como para reducirlos a una sola obra. Sin embargo, cuando se le pide que señale un punto de partida para quien se inicia en la lectura, no duda en nombrar la Saga de los Confines de Liliana Bodoc y, en el mismo movimiento, a dos clásicos que funcionan como cimientos del placer narrativo: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, y El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde.
La recomendación no es un gesto azaroso. Detrás de ella se extiende una trayectoria que conjuga la docencia, la investigación lingüística y una obra narrativa traducida a once idiomas, reconocida con los principales premios del circuito iberoamericano. Analizar esa elección permite reconstruir no solo las preferencias de una autora, sino también el mapa de referencias que sostiene una concepción integral de la lectura como ejercicio de libertad.
La elección de Liliana Bodoc y la épica latinoamericana
La Saga de los Confines, trilogía conformada por Los días del venado, Los días de la sombra y Los días del fuego, fue publicada por primera vez en el año 2000 y se convirtió en un fenómeno inmediato de la literatura juvenil en lengua española. Liliana Bodoc, su autora, construyó un universo de épica fantástica inspirado en las tradiciones originarias americanas y en los paisajes del continente, alejándose deliberadamente de los modelos europeos de la fantasía hegemónica. La obra recibió el premio White Ravens y fue traducida al alemán, francés, neerlandés, japonés, polaco, inglés e italiano, entre otras lenguas.
La elección de Iparraguirre no es menor: sitúa en el centro de la recomendación a una autora argentina y latinoamericana cuya obra épica reivindica un imaginario propio, fundado en leyendas y geografías del continente. En ese sentido, la recomendación trasciende el gusto personal para convertirse en una declaración sobre el valor de la literatura regional como herramienta de construcción de identidad lectora.
La persistencia de los clásicos: Defoe y Wilde
Iparraguirre completa su repertorio con dos obras surgidas en tradiciones literarias distintas. Robinson Crusoe, publicada en 1719 por Daniel Defoe, es considerada uno de los antecedentes fundacionales de la novela moderna y ha sido leída como una alegoría de la colonización, la supervivencia y el individualismo. El fantasma de Canterville, aparecido en 1887, obra de Oscar Wilde, despliega un humor corrosivo que desmonta los arquetipos del relato gótico al trasladar la aparición espectral a una familia estadounidense de mentalidad pragmática.
La coexistencia de estas dos obras en la recomendación de Iparraguirre es elocuente. Señala que el placer de la lectura no depende de una única tradición, sino de un cruce productivo entre la aventura, el humor y el miedo. Esa pluralidad de registros es, precisamente, la que la autora considera indispensable para la formación de un lector consciente y crítico.
La trayectoria de Sylvia Iparraguirre
Nacida en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1947, Iparraguirre estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y desarrolló una extensa carrera como investigadora del CONICET en el área de lingüística, dedicándose al estudio de la sociolingüística y a la obra del pensador ruso Mijail Bajtín. Junto a Abelardo Castillo, integró las históricas revistas El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco, esta última recordada como una de las publicaciones de resistencia cultural durante la última dictadura militar argentina.
Su obra novelística incluye El parque, La tierra del fuego, El muchacho de los senos de goma, La orfandad, Encuentro con Munch y Antes que desaparezca. La tierra del fuego, su segunda novela, publicada en 1998, narra el episodio histórico de Jemmy Button, un indígena yámana del Cabo de Hornos llevado a Londres por el navegante británico Robert Fitz Roy en 1830, y fue distinguida en 1999 con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio de la Crítica de la Fundación El Libro en la Feria de Buenos Aires y el Premio Club de los XIII. La obra fue seleccionada por The Guardian entre las diez mejores novelas ambientadas en América Latina.
Además, Iparraguirre publicó la autobiografía lectora La vida invisible y Clases de literatura rusa, volumen en el que vuelca décadas de enseñanza y reflexión sobre los grandes autores de la tradición literaria rusa. Su obra ha sido reconocida con el Primer Premio Municipal de Literatura por En el invierno de las ciudades, el Premio Konex de Platino en novela por Encuentro con Munch y el Premio Esteban Echeverría a la trayectoria, entre otros.
El valor de la lectura en el siglo XXI
La elección de Iparraguirre adquiere plena dimensión cuando se la contrasta con su concepción del acto de leer. Para la autora, la mayor riqueza del libro radica en su capacidad única de incentivar la imaginación propia del lector. La lectura, sostiene, es un ejercicio irreemplazable para que la inteligencia se ejercite, se profundice y acepte otros mundos humanos. Cuando se le pregunta por qué un chico debería seguir acercándose a la lectura en pleno siglo XXI, responde que el libro posee la capacidad de incentivar la imaginación propia, irreemplazable por ninguna tecnología, y que la lectura permite a la inteligencia ejercitarse y aceptar otros mundos, conflictos y esperanzas humanas.
Implicancias sociales y culturales
La recomendación coincide con un debate más amplio en el ámbito educativo y cultural: el lugar de la lectura en un entorno dominado por pantallas y consumo audiovisual instantáneo. La posición de Iparraguirre se inscribe en una corriente pedagógica que insiste en la lectura como ejercicio de construcción de sentido autónomo. La lectura, afirma, enseña algo esencial: la libertad, pues en ella el chico o la chica ejercitan la libertad de dar a lo que lee su propio sentido. Esa convicción no es una abstracción: atraviesa su obra, su docencia y su participación activa en el campo literario desde la década de 1960.
Conclusión
La recomendación de Sylvia Iparraguirre condensa un programa de lecturas que abarca la épica latinoamericana, la aventura fundacional de la novela moderna y la ironía del relato gótico. En ese cruce, la autora no solo propone un itinerario para lectores infantiles, sino que actualiza una concepción de la literatura como territorio de experimentación de la imaginación y de la libertad interpretativa. En un contexto en el que la oferta digital compite por la atención de los más jóvenes, el gesto de Iparraguirre reafirma el valor de la lectura como práctica que no admite sustituto tecnológico y que continúa siendo, a su juicio, un ejercicio insustituible de formación de la subjetividad.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
