¿Qué libro elegiría un escritor consagrado para regalarse a sí mismo en la infancia? La pregunta no es un simple ejercicio de nostalgia literaria sino una indagación sobre cómo se construye el vínculo entre un lector adulto y el niño que alguna vez fue. Horacio Convertini —periodista, exeditor jefe de la sección Policiales del diario Clarín y ganador del Premio Internacional de Novela Negra y Policial Azabache en 2013— aceptó el desafío y ofreció una respuesta que va más allá del gesto autobiográfico: propone un mapa de lectura que conecta a Julio Verne con la teoría del caos, a Emilio Salgari con Ray Bradbury, y a la historieta con el efecto mariposa.
Convertini nació en Buenos Aires en 1961, en una casa donde sus padres —su madre no había completado la escuela primaria y su padre tenía sexto grado— no eran lectores pero estaban convencidos de que el estudio y la lectura eran el vehículo para que sus hijos alcanzaran lo que ellos no habían podido. «Les alcanzaba con conseguirme cosas para que yo leyera», recordó el autor en una entrevista con Azimut. Esa biblioteca doméstica, armada sin criterio académico pero con una intuición certera, incluía desde historietas hasta La Ilíada y la Odisea en versiones ilustradas, pasando por biografías de Toro Sentado y Buffalo Bill. «Fue como ir armando un proceso de lectura muy caprichoso y caótico. Hoy sigo siendo un lector caótico.»
Ese caos fundacional es el que Convertini reivindica al pensar en el libro que le regalaría al niño que fue. No se trata de repetir los títulos que marcaron su infancia —Julio Verne, Emilio Salgari, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga— sino de ampliar el horizonte. «A ese pibe que fui buscaría regalarle libros que conectaran con sus intereses de entonces pero que le ayudaran a subir un nivel. Recuerdo que le gustaban la ciencia ficción y las paradojas del tiempo y el espacio», dijo a Clarín. La elección concreta es Un sonido atronador (A Sound of Thunder) de Ray Bradbury, en la edición ilustrada que publicó Nórdica Libros.
El relato, publicado originalmente en 1952 en la revista Collier’s, es uno de los textos fundacionales de la ciencia ficción moderna. Narra la historia de Eckels, un cazador que paga una fortuna para viajar en el tiempo y disparar a un Tyrannosaurus rex. La empresa organizadora, Time Safari Inc., establece reglas estrictas: los cazadores deben permanecer en una plataforma antigravedad y solo disparar a animales que, de todos modos, morirían en minutos. Pero Eckels comete un error minúsculo: al huir del dinosaurio, pisa una mariposa. Al regresar al presente, descubre que el mundo ha cambiado: el aire huele distinto, la ortografía del cartel de la compañía es otra, y el candidato autoritario Deutscher —que había perdido las elecciones— es ahora el presidente. El cazador levanta la suela de su bota y encuentra el insecto aplastado. La historia termina con el sonido de un disparo: Travis, el guía del safari, apunta su rifle a Eckels.
Bradbury escribió el cuento antes de que el meteorólogo Edward Lorenz acuñara formalmente el término «efecto mariposa» en 1972. Sin embargo, el cuento funciona como una perfecta ilustración narrativa de lo que Lorenz llamaría «dependencia sensible a las condiciones iniciales» dentro de la teoría del caos. El aleteo de una mariposa en la selva del Cretácico produce, a través de una cascada de causalidades impredecibles, un huracán político sesenta millones de años después. Convertini lo sabe y lo explicita: «Un relato sobre el efecto mariposa para acelerarle otro efecto mariposa, el de las grandes lecturas».
La elección de Bradbury no es inocente. Convertini ha forjado su carrera literaria en el territorio de la novela negra y el suspenso —La soledad del mal (Premio Memorial Silverio Cañada 2013 en la Semana Negra de Gijón), El último milagro (Premio Extremo Negro-BAN 2013, adaptado a la serie Lo que sea, cuando sea de Disney+) y su reciente obra infantil y juvenil como Terror en Diablo Perdido o El misterio de los mutilados— pero su ADN de lector es mucho más amplio. «Yo como lector saltaba de un lado a otro. Verne, Salgari, Poe, Quiroga fueron la base sobre la que se edificó mi árbol genealógico de lecturas», recordó. Esa misma porosidad entre géneros es la que busca transmitir: no hay un camino único hacia la lectura literaria.
En un contexto donde el entretenimiento infantil y juvenil está dominado por la sobreestimulación sensorial que ofrecen las pantallas —plataformas de streaming, videojuegos, redes sociales— las declaraciones de Convertini adquieren una dimensión adicional. Estudios recientes publicados en revistas como PLoS One y el Boletín de Pediatría (2024-2025) señalan que el uso prolongado de dispositivos digitales en la infancia puede alterar los mecanismos de atención y memoria, además de incrementar el riesgo de trastornos del sueño y problemas de conducta. Frente a eso, la lectura exige un tipo de compromiso cognitivo diferente: activa la imaginación, requiere sostener la atención en el tiempo y obliga al lector a construir activamente el sentido del texto. «Un libro tiene efectos más profundos que la excitación superficial», sostiene Convertini.
Pero el escritor rechaza cualquier forma de solemnidad o moralismo en torno a la lectura. «Los adultos no deberíamos subir la lectura a un pedestal sino presentarla como una actividad como cualquier otra pero que puede ser tan entretenida como dispararle a un monstruito virtual con un joystick», afirmó. La clave está en no perder de vista los intereses del otro, en acompañar al lector en formación desde su propio territorio de intereses —ya sean los dinosaurios, el espacio, el fútbol o el misterio— y desde ahí tender puentes hacia zonas más complejas. «Es falso que los chicos la pasan mal leyendo y que evitarían abrir un libro si pudieran. Habrá quien sí pero habrá quien no, como en todas las épocas», asegura.
La experiencia de Convertini recorriendo escuelas y trabajando con jóvenes lectores le da un sustento concreto a esa visión. El problema, sugiere, no está en los chicos sino en la forma en que los adultos presentan la lectura: como una obligación escolar o un bien cultural intocable, cuando debería ser presentada como una práctica viva, conectada con la curiosidad y el placer. La recomendación de Un sonido atronador funciona exactamente en ese punto de equilibrio: es un cuento de ciencia ficción que habla de dinosaurios y viajes en el tiempo —temas que atraen a cualquier niño— pero al mismo tiempo es una puerta de entrada a preguntas filosóficas sobre la causalidad, la responsabilidad de las acciones individuales y la fragilidad de la realidad.
La edición ilustrada de Nórdica, con ilustraciones que acompañan el texto sin saturarlo, agrega otra capa al ecosistema de la recomendación. En un mundo donde la imagen digital es efímera y reemplazable, el libro ilustrado mantiene una materialidad que invita a la relectura, a la pausa, al señalamiento con el dedo. Convertini, que creció con las ediciones ilustradas de Sigmar —esos libros grandes y hermosos que le traían sus padres— sabe que la imagen también es un vehículo de lectura. El desafío no es eliminar lo visual sino integrarlo de manera que potencie la imaginación en lugar de reemplazarla.
En el centro de esta reflexión hay una tesis que Convertini articula con precisión quirúrgica: la lectura no compite con las pantallas en el terreno de la sobreestimulación porque no es ese su campo de batalla. La lectura opera en otro registro cognitivo, más lento y más profundo, que activa zonas del pensamiento que la excitación superficial no alcanza a tocar. Y para acceder a ese registro no hace falta una biblioteca sofisticada ni un método pedagógico de vanguardia: alcanza con que alguien —un padre, un maestro, un librero— ponga el libro correcto en el momento correcto. Como hicieron sus padres, sin saberlo.
¿Y si ese libro es Un sonido atronador de Ray Bradbury? Convertini apuesta a que sí. El pequeño Horacio al que va dirigido el regalo ya era —como el adulto que es hoy— hincha de San Lorenzo, lector de Poe y amante de las paradojas temporales. El cuento de Bradbury le hubiera ofrecido, en apenas veinte páginas, un espejo donde mirar todas esas pasiones a la vez: el vértigo del tiempo, la emoción de la cacería, el terror de las consecuencias imprevistas. Y quizás, también, la intuición de que un libro —como el aleteo de una mariposa— puede cambiar el mundo sin hacer ruido.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
