María Lobo (San Miguel de Tucumán, 1977) acaba de publicar «El efecto peculiar» (Tusquets, 2026), novela que cierra una trilogía narrativa transcurrida íntegramente en Tucumán. La serie, compuesta por «El interior afuera» (Qeja Ediciones, 2018), «Ciudad, 1951» (Tusquets, 2024, Premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes) y ahora esta entrega, constituye uno de los proyectos literarios más sistemáticos y lúcidos de la narrativa argentina contemporánea escrita desde las provincias.
Lobo, licenciada en Comunicación y doctora en Humanidades por la Universidad Nacional de Tucumán, donde ejerce la docencia, ha construido a lo largo de una década una obra que desarma los estereotipos con los que el canon literario central —tradicionalmente radicado en Buenos Aires— ha representado a las provincias argentinas. Su ensayo «Tierra acostumbrada. El paisaje de provincias en el imaginario latinoamericano» (Fondo de Cultura Económica, 2025) funciona como contrapunto teórico de esta trilogía: allí la autora sostiene que la tendencia a describir la provincia como un territorio salvaje o un espacio de atraso no es una mera expresión de desprecio metropolitano, sino parte de un plan deliberado de sometimiento simbólico.
«El efecto peculiar» narra la historia de Cibelia Ree, una bajista y casi licenciada en Historia que se obsesiona con el instante preciso en que se produce la conexión entre las personas y la música. Su búsqueda corre en paralelo a la de Antonio Meucci, el inventor italiano que creó el teléfono —al que llamó «teletrófono»— para comunicarse con su esposa enferma, pero no pudo costear los 10 dólares que faltaban para registrar la patente. Meucci descubrió además lo que él denominó «el efecto peculiar»: la distorsión que sufre la voz humana cuando se transmite a través de la electricidad, un fenómeno que solo se revierte cuando una voz se aísla. El Congreso de Estados Unidos lo reconoció como inventor del teléfono recién en 2002, 113 años después de su muerte.
La novela está construida con una arquitectura formal compleja que combina diálogos teatrales, fragmentos epistolares, archivos de prensa del siglo XX y secciones ensayísticas. «Me llevó bastante tiempo escribir la novela y fueron apareciendo distintos registros», explica Lobo. «Diez años atrás hubiese pensado que tenía que ordenar todas las ideas en un solo tipo de discurso. Pero ya con ‘Ciudad, 1951’ me permití escribir una larga conversación de 200 páginas, así que acá me animé al ejercicio de soltar la forma».
Los personajes conversan, divagan, vuelan en avión y miran hacia abajo buscando distinguir la maraña de cables que conectan territorios y personas. Charlie Wagner, arquitecto, le escribe cartas a Cibelia Ree desde San Miguel de Tucumán hacia San Miguel de Tucumán, en un gesto que anula la distancia geográfica pero activa la temporal: la carta como dispositivo que habla de un tiempo en suspenso, de un intervalo entre la escritura y la recepción que nunca puede medirse con certeza. El intercambio epistolar, recurrente en la trilogía, funciona como vector de una teoría del tiempo donde pasado, presente y futuro se desvanecen en un fade out constante.
La investigación de Lobo para la novela incluyó la lectura intensiva de bibliografía sobre la fantasmagoría —espectáculo de ilusiones ópticas popularizado a fines del siglo XVIII por Étienne-Gaspard Robert, conocido como Robertson—, lo que conecta con la pregunta más amplia sobre cómo la tecnología transforma la percepción humana. La fantasmagoría, precursora del cine, usaba linternas mágicas para proyectar imágenes de esqueletos y demonios sobre humo o pantallas semitransparentes, alterando el tamaño de las proyecciones para generar terror. Esa capacidad de manipular la imagen y la voz —distorsionarlas, amplificarlas, aislarlas— es el núcleo conceptual de la novela.
La voz del narrador en «El efecto peculiar» incorpora fragmentos de archivo sobre la historia de las telecomunicaciones. La novela incluye secciones que funcionan como un marco teórico de la trama, donde se exponen los pormenores técnicos del invento de Meucci: en 1864 construyó un dispositivo con un diafragma de hierro de grosor optimizado montado en una caja de jabón de afeitar; en agosto de 1870 logró transmitir voz humana articulada a una milla de distancia usando un cable de cobre aislado con algodón. A pesar de registrar un «caveat» (aviso de invención) en la Oficina de Patentes de Estados Unidos el 28 de diciembre de 1871, no pudo renovarlo anualmente por falta de recursos, y en 1876 Alexander Graham Bell obtuvo la patente.
«Pensar el mundo desde Tucumán también es una forma de resistencia», afirma Lobo. La frase condensa el programa literario de la autora: no se trata de reivindicar lo local como exotismo, sino de preguntarse —como hace en «Tierra acostumbrada»— de qué modo las historias que repetimos moldean la forma en que vemos nuestro territorio. «¿Qué pasaría si empezáramos a narrarnos de otra manera?», se pregunta la autora retomando la pregunta de su editor Nicolás Hochman. «Nada me resulta menos interesante que un autor que se propone hablar de una provincia para ‘representarla'», declaró Lobo en una entrevista con el Fondo de Cultura Económica, marcando distancia del pintoresquismo y la literatura de denuncia fácil.
Las implicancias de «El efecto peculiar» trascienden la anécdota literaria. La novela interroga las jerarquías culturales que durante más de un siglo han organizado el campo intelectual argentino en torno a la dicotomía Buenos Aires-interior. Lobo inscribe su narrativa en una tradición de autores del noroeste argentino que, como ella, trabajan desde una posición periférica pero con ambiciones estéticas que no se conforman con el costumbrismo. Su proyecto desmonta la idea de que la provincia solo puede ser representada a través de la violencia, el atraso o el pintoresquismo, y propone en cambio una literatura urbana, técnica, que dialoga con la historia de las comunicaciones, la música y la ciencia.
La publicación de «El efecto peculiar» confirma a María Lobo como una de las voces más sólidas de la narrativa latinoamericana contemporánea. Su obra completa —ocho libros que incluyen las novelas «Los planes», «San Miguel» (finalista del Premio Nacional de Novela Sara Gallardo), las colecciones de relatos «Santiago» y «Un pequeño militante del PO», además del ensayo «Tierra acostumbrada»— constituye un archivo en expansión sobre lo que significa escribir desde un lugar que el canon ha definido como periférico. Cierra así una trilogía que no solo cartografía Tucumán, sino que traza las coordenadas de una literatura que se niega a reproducir las matrices ideológicas heredadas.
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