Durante más de siete décadas, la Afrodita de Hamilton permaneció confinada en una residencia del barrio porteño de Barrio Parque, ajena al mercado del arte global. Cuando la escultura de mármol de la antigua Roma fue subastada por Sotheby’s en Londres y alcanzó los 24,5 millones de dólares —el precio más alto jamás pagado por un mármol antiguo en la historia—, parecía destinada a engrosar las crónicas del coleccionismo internacional. Sin embargo, el periodista de investigación Federico Fahsbender identificó allí el punto de partida de una historia más profunda: el rastro de la estatua conducía directamente a una de las familias más poderosas, reservadas y finalmente devastadas de la Argentina.
El resultado de esa pesquisa, desarrollada a lo largo de tres años, es «La Diosa de Thyssen» (Aguilar, Penguin Random House), un libro que no se limita a seguir el periplo de una pieza arqueológica sino que reconstruye, con el rigor del expediente judicial, la descomposición del linaje Zichy Thyssen. Fahsbender, creador de la sección Policiales de Infobae y con más de dos décadas de trayectoria en el periodismo de investigación, aplicó un método basado en documentos, cartas privadas, informes médicos y miles de fojas de causas civiles y penales, antes que en versiones no verificadas.
En el centro del relato se encuentra Federico Augusto Zichy Thyssen, nacido en Alemania en 1937 pero criado en la Argentina. Era conde por línea paterna —su padre era el conde húngaro Gabor Ladislao Zichy— y nieto materno de Fritz Thyssen, el fundador del imperio siderúrgico ThyssenKrupp que en las décadas de 1920 y 1930 financió el ascenso de Adolf Hitler al poder. Según documentos históricos, Fritz Thyssen contribuyó con cientos de miles de marcos al partido nazi y su conglomerado industrial llegó a proveer más del 50% del acero utilizado por el régimen para la fabricación de armamento. Tras romper con Hitler y exiliarse, Fritz Thyssen terminó sus días en la Argentina, país al que también llegaron su hija Anita y el pequeño Federico.
El nieto heredó una fortuna colosal. Fue empresario agropecuario, uno de los cinco mejores criadores de caballos árabes del mundo, propietario de una flota de aviones privados y de vastas extensiones de tierra en Argentina y Paraguay. Pero también acumuló una severa adicción a los opioides —Demerol, principalmente— y una conflictiva relación con sus propios hijos que derivó en una guerra judicial que se extendió más allá de su muerte.
El libro documenta cómo, en sus últimos años, Federico Zichy Thyssen transitó de la internación psiquiátrica forzada a la contraofensiva legal, pasando de la vulnerabilidad absoluta a la elaboración de estrategias judiciales. En una carta escrita en 1990 y recuperada por Fahsbender, el conde recomendaba a sus hijos: «No aspiren sólo a ser ricos y sólo trabajar para ser ricos. Esfuércense en vez de eso para encontrar la felicidad, para amar y ser amado y más importante todavía para adquirir paz de espíritu y serenidad». La frase, leída a la luz del desenlace familiar, adquiere una dimensión trágica.
Federico Augusto Zichy Thyssen falleció el 13 de agosto de 2014 en el Sanatorio Otamendi de la ciudad de Buenos Aires, a los 76 años, a causa de una insuficiencia renal. Su muerte, lejos de poner fin a los conflictos, los intensificó. Mientras era velado en la Casa O’Higgins del Bajo Belgrano, la Policía Federal irrumpió en la funeraria con una orden judicial para secuestrar el cadáver. Una de sus hijas había denunciado la muerte como sospechosa, planteando la posibilidad de mala praxis o abandono. El cuerpo fue trasladado a la Morgue Judicial para una autopsia. La escena condensa la intensidad de la disputa familiar: los herederos reconocidos —seis hijos de distintos matrimonios— llevaban años litigando contra su padre y entre sí por el control de una fortuna estimada en más de 500 millones de euros.
Fahsbender no organiza los documentos como un mero cronista de tribunales. Lee los expedientes con mirada de investigador y encuentra en ellos una trama donde cada revelación abre nuevas preguntas. No le interesan tanto las extravagancias de la riqueza —aunque están presentes— como las huellas que el poder y el dinero dejan en las dinámicas familiares, en las cartas personales y en los dictámenes psiquiátricos.
Uno de los elementos más singulares de la investigación es la aparición de Larry Vega, un empleado estatal de Curuzú Cuatiá, Corrientes, que sostiene ser el séptimo hijo del conde. Mientras los herederos reconocidos disputan bienes en tribunales europeos, Vega busca algo más elemental: saber si realmente pertenece a esa familia. La Justicia autorizó un estudio de ADN sobre los restos del conde, una medida que ha causado conmoción en ciertos círculos de la aristocracia local. Si el resultado es positivo, el hombre correntino —que según fuentes cercanas al caso usa bombachas de campo, toma mate y viaja en micro— tendría derecho a una porción de una de las mayores fortunas argentinas.
La Afrodita de Hamilton, la escultura que funcionó como llave de entrada a esta historia, fue subastada por Sotheby’s en 2018 por 24,5 millones de dólares. En el catálogo de la casa londinense, la lista de propietarios incluía a lord escoceses, al magnate de la prensa William Randolph Hearst y al coleccionista Joseph Brummer, pero omitía el nombre de Federico Zichy Thyssen. Allí donde debería estar el conde, el catálogo indicaba apenas «coleccionista privado». El silencio en la proveniencia de la pieza no hizo más que alimentar las sospechas: ¿cómo llegó una estatua romana de ese valor a una residencia de Barrio Parque? ¿Por qué permaneció oculta durante setenta años? ¿Qué otros bienes de la familia Thyssen permanecen fuera del registro público?
«La Diosa de Thyssen» no solo responde a esos interrogantes sino que traza un arco que va del financiamiento del nazismo en los años treinta al derrumbe de una dinastía en la Argentina del siglo XXI. El libro documenta cómo el poder acumulado durante generaciones puede disolverse en disputas intestinas, adicciones y litigios. La caída de los Zichy Thyssen no fue producto de una revolución ni de una crisis económica: fue el resultado de una descomposición interna, lenta y documentada, que Fahsbender logró capturar en sus expedientes y cartas.
La estatua que alguna vez representó la cúspide del coleccionismo aristocrático se ha convertido, en las páginas de este libro, en el vestigio más elocuente de una dinastía en ruinas. Mientras la Justicia argentina aún procesa las demandas de los herederos y la solicitud de ADN de Larry Vega, el legado de los Thyssen sigue abierto, sin que haya un capítulo final a la vista.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
