Hubo un tiempo en que el blues argentino sonó en el prime time de la televisión. No era un género de culto. Era la cortina musical del programa de Marcelo Tinelli. En los años 90, Memphis la Blusera no solo llenó Obras y el Luna Park. Sus canciones «Moscato, pizza y fainá» y «La flor más bella» sonaban en las radios como hits populares. Eran temas que cruzaban barreras generacionales y de clase.
Tinelli eligió a Memphis y la voz de Adrián Otero para abrir y cerrar Videomatch en 1998, entonces el programa más visto del país. Esa exposición masiva llevó el blues a hogares que nunca antes lo habían escuchado. Pero el brillo fue fugaz.
En 2008, Memphis se separó. Otero dejó la banda para iniciar su carrera solista. Cuatro años después, en 2012, un horrible accidente de tránsito terminó con su vida. Su muerte funcionó como un cierre casi definitivo para el género en Argentina.
Lo que pasó con el blues ya había ocurrido antes con otros géneros. El ska perdió su momento de masividad. El funk que patrocinaba Willy Crook también se desvaneció. El reggae tampoco atraviesa su mejor momento. Los Pericos hicieron el disco más vendido de 1987. El Bahiano cantaba «Welcome to Jamaica». Pero hoy es difícil encontrar rastros de aquella explosión.
Otras voces, otros ámbitos
La Mississippi, otra banda emblemática del género, tomó un camino distinto. Su fundador y líder Ricardo Tapia empezó a contemplar otros formatos. Endureció la voz. En el álbum «Criollo» incorporó letras que, según algunos, podrían calzarle perfecto a zambas y otras esperanzas. Además, la banda recurrió a la nostalgia: lanzó un disco de clásicos del rock nacional. Versiones prolijas de Moris, Sumo, Los Redondos, Pappo y Vox Dei.
Un día en la sala de ensayo, los músicos se pusieron a tocar «Post Crucifixión» de Pescado Rabioso. Encontraron una energía distinta. El resultado, más que un tropiezo, es una magnífica gambeta a los algodonales. Demuestra que el blues puede reinventarse, pero quizás ya no como género masivo.
Si le contaras esta historia a María Becerra, ella creería estar escuchando la letanía de un marciano. Existió un momento en que el blues estuvo de moda en Argentina. Fines del siglo pasado. A la gente le gustaba un grupo llamado Memphis. Tanto le gustaba que aparecieron otros grupos de blues: Blacanblus, Pappo’s Blues, Blues Motel, y decenas de banditas barriales que metían «Blues» o «Blues Band» a su nombre. Como si el género necesitara anunciarse desde el vamos.
El punto más alto: el Teatro Colón
Fue una cosa rarísima. Memphis tocó en el Teatro Colón. En 2002, las crónicas destacaban que el Colón tuvo habitués de la música clásica y fanáticos de Memphis a la vez. La banda entró desde el foso. La Orquesta Sinfónica Nacional, con arreglos de Carlos Cutaia y dirección de Gerardo Gandini, acompañó el momento sublime con «La flor más bella». Era buenísimo: la orquesta con pentagramas de tres notas y los músicos vestidos para la gala haciendo que leían.
Ese contraste entre lo popular y lo académico marcó el pico del blues argentino. Pero también su límite. Después de la muerte de Otero, el género no encontró un nuevo líder que lo llevara de vuelta a la masividad. Las bandas existentes sobreviven en circuitos pequeños. Los conciertos masivos de blues son cada vez más raros.
La pregunta que queda flotando es por qué la marihuana abandonó a Bob Marley. O por qué el blues, habiendo alcanzado el Colón y el prime time, no pudo sostenerse. Las respuestas posibles incluyen cambios en la industria musical, la fragmentación de audiencias y la falta de recambio generacional.
Lo cierto es que el blues argentino, como género transversal, vivió su momento de gloria entre los 90 y los 2000. Hoy sobrevive en discos de nostalgia, versiones de rock nacional y bandas que mantienen la llama sin esperar llenar estadios. Adrián Otero y Memphis se robaron un pedazo de historia. El blues se fue con ellos.
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