Mientras esta noche el Teatro Colón alza el telón para una nueva función de Alice’s Adventures in Wonderland —la versión coreográfica de Christopher Wheeldon con música de Joby Talbot, que el Ballet Estable del Colón estrenó el 16 de julio de 2026 bajo la dirección de Julio Bocca—, la ciudad de Buenos Aires vive un cruce poco frecuente entre la alta cultura escénica y la literatura infantil. La Feria del Libro Infantil, que se desarrolla desde el 11 de julio hasta el 2 de agosto en el Centro de Convenciones Buenos Aires (ex predio de Figueroa Alcorta y Pueyrredón), sirve de marco para una serie de recomendaciones diarias de lectura. En ese contexto, la dramaturga, narradora y poeta Patricia Suárez —nacida en Rosario en 1969— evoca el impacto que tuvo en su formación la lectura de Alicia en el país de las maravillas, la novela que Lewis Carroll publicó en 1865.
«Creo que mi yo adulto le regalaría a mi yo de niña Alicia en el país de las maravillas», afirma Suárez en diálogo con Clarín. La afirmación no es un mero gesto nostálgico. Detrás de ella hay una trayectoria que comenzó en 1994, cuando publicó su primer cuento, «El señor y la señora Schwarz», en la revista V de Vian dirigida por Sergio Olguín, y que se consolidó en 2003 cuando ganó el Premio Clarín Novela con Perdida en el momento. Desde entonces, Suárez ha construido una obra que atraviesa todos los géneros: narrativa, poesía, dramaturgia y literatura infantil.
Suárez fue alumna de la escritora Hebe Uhart y del dramaturgo Mauricio Kartun, dos referentes que marcaron su aproximación a la escritura. En 1997 recibió el Premio Haroldo Conti para Jóvenes Narradores de la Provincia de Buenos Aires por el cuento «El aniversario de la muerte del Sr. Rojo», y ese mismo año obtuvo el Premio Monte Ávila dentro del Concurso Juan Rulfo por el cuento infantil «Historia de Pollito Belleza». Como dramaturga, escribió Valhala (Premio Argentores Ciclo de Teatro Leído 2000) y la trilogía Las polacas, compuesta por Historias tártaras, Casamentera (Premio Fondo Nacional de las Artes 2001) y La Varsovia (Premio Instituto Nacional del Teatro 2001).
Para Suárez, Alicia en el país de las maravillas tiene un valor que trasciende su condición de clásico infantil. «Va a sonar ampuloso pero me parece imposible pensar la adultez sin haber leído Alicia, sin conocer ese mundo donde todo es posible y donde nada es como nosotros creemos que es», sostiene. Y agrega: «Sirve para aprender a desconfiar de los discursos oficiales y entender que siempre existe un camino diferente para aquello que deseamos».
La lectura que hace Suárez de la obra de Carroll no es ingenua ni sentimental. La novela, publicada originalmente como Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas por el matemático y lógico británico Charles Lutwidge Dodgson (seudónimo: Lewis Carroll), fue una anomalía dentro de la literatura infantil victoriana. Mientras la mayoría de los libros para niños de la época buscaban inculcar obediencia a través de moralejas, Carroll construyó un universo donde la lógica se disuelve, las reglas cambian constantemente y la protagonista debe negociar su identidad frente a un entorno que no ofrece certezas. Esa estructura de «sinsentido» —o nonsense, como lo clasifica la crítica— fue reivindicada por el surrealismo y sigue siendo objeto de análisis desde la psicología, la matemática y la teoría literaria.
«Obliga a la imaginación», continúa Suárez. «Somos nosotros quienes inventamos los rostros de los personajes, su manera de hablar, el tono de su voz. Aunque los diálogos estén escritos, cada lector imagina cómo suenan y a veces hasta les presta la voz de alguien querido». Esta operación —la de completar sensorialmente un texto— es, para la escritora, una experiencia que contrasta con los modos de consumo cultural predominantes en la infancia actual.
La reflexión de Suárez sobre el consumo fragmentario cobra relevancia en un momento en que la 34ª edición de la Feria del Libro Infantil busca reposicionar al libro como objeto central de la experiencia cultural infantil. La feria, que este año regresó a su sede histórica con más de 3.000 metros cuadrados y 70 stands, duplicó el espacio de ediciones anteriores. Además, el domingo 11 de julio, la escritora e ilustradora Isol (Marisol Misenta) inauguró formalmente el evento. En este contexto de recuperación de espacios físicos para el libro, las palabras de Suárez adquieren una dimensión casi programática.
«Creo que a los chicos les pasa algo parecido a lo que nos ocurre a los adultos», dice Suárez. «Consumimos muchísima realidad virtual, inteligencia artificial, series, y salvo excepciones no nos queda casi nada en la memoria. Todo es muy fragmentario y efímero. Supongo que ellos también viven esa experiencia. Por eso creo que un libro es una experiencia real: no se puede consumir en minutos ni por episodios para pasar enseguida al siguiente. No hay otro igual».
El diagnóstico de Suárez apunta a una paradoja de la era digital: la abundancia de estímulos no necesariamente genera retención ni profundidad. Frente a la lógica del scroll infinito y el contenido efímero, el libro impone un tiempo propio, una duración que no puede acelerarse sin pérdida. Esa cualidad, lejos de ser una desventaja, es para la escritora su principal fortaleza en un ecosistema cultural que premia la inmediatez.
La simultaneidad de eventos en Buenos Aires —la función de Alice’s Adventures in Wonderland en el Teatro Colón y la Feria del Libro Infantil— funciona como un recordatorio de que la obra de Carroll sigue circulando en múltiples formatos y generaciones. Desde su publicación original hasta esta versión coreográfica que el Colón presenta por primera vez en la Argentina —una coproducción del Royal Danish Ballet y el Royal Swedish Ballet que se estrenó en la Royal Opera House de Londres en 2011—, la historia de Alicia ha sido adaptada al cine, la televisión, los videojuegos y los parques temáticos. Pero Suárez insiste en que la experiencia original, la lectura, conserva un poder que ninguna adaptación puede replicar del todo.
Para Suárez, la lección más profunda de Alicia en el país de las maravillas no es la fantasía sino la desconfianza: «Sirve para aprender a desconfiar de los discursos oficiales», dice. En un mundo donde la información circula a velocidad vertiginosa y las narrativas institucionales compiten por imponerse, la capacidad de cuestionar lo establecido —de ver «el camino diferente para aquello que deseamos»— puede ser la herencia más valiosa que un libro infantil del siglo XIX pueda ofrecer a los lectores del siglo XXI.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
