Entre 1825 y 1831, un hombre solo, armado con pluma y tinta, logró lo que décadas de instituciones no habían conseguido: detener el derribo de la catedral de Notre-Dame de París. Ese hombre fue Víctor Hugo y las armas que empleó no fueron leyes ni decretos, sino palabras y dibujos. Casi dos siglos después, aquellos bocetos que definieron su imaginario arquitectónico y literario se exhiben por primera vez al público en la Maison Victor Hugo, en el corazón de la Place des Vosges, en una exposición titulada «Hugo y la Arquitectura. De la piedra a la pluma», abierta desde el 11 de junio hasta el 22 de noviembre de 2026.\n\nLa exposición, comisariada por Alexandrine Achille, despliega un corpus de más de un centenar de obras gráficas procedentes del propio museo, complementadas con cuadernos originales del autor cedidos por la Biblioteca Nacional de Francia y con un valioso conjunto de fotografías y negativos de la París decimonónica provenientes del fondo Roger-Viollet y del museo Carnavalet. La muestra se estructura en cuatro secciones: una primera dedicada a los croquis realizados durante sus viajes; una segunda que explora la relación entre su escritura y la arquitectura; una tercera centrada en sus dibujos de edificios imaginados; y una cuarta que reúne sus creaciones más surrealistas y místicas.\n\nPara comprender el significado de esta exhibición es necesario remontarse al estado en el que se encontraba Notre-Dame a principios del siglo XIX. Tras la Revolución Francesa, la catedral había sido severamente dañada: sus estatuas decapitadas, sus vidrieras reemplazadas por paneles blancos para permitir el paso de la luz, y su estructura general sumida en un abandono tal que el gobierno municipal de París barajaba seriamente su demolición. El edificio, que había tardado casi doscientos años en construirse —desde 1163 hasta 1345—, era percibido por las autoridades como un vestigio oscuro de un pasado medieval que la modernidad ilustrada prefería sepultar.\n\nFue en este contexto que Hugo publicó en 1825 un panfleto titulado «Guerre aux Démolisseurs» (Guerra a los Demoledores), un alegato feroz en defensa del patrimonio arquitectónico gótico que él consideraba esencial para la identidad cultural francesa. «La arquitectura, como la literatura, cuenta la historia de los hombres», declaró entonces el escritor, estableciendo un paralelismo que atravesaría toda su obra. Sin embargo, el golpe de efecto definitivo llegaría seis años después, en 1831, con la publicación de «Nuestra Señora de París» (conocida internacionalmente como «El Jorobado de Notre-Dame»).\n\nLa novela, escrita en apenas cuatro meses tras múltiples prórrogas con su editor Gosselin, convertía a la catedral en el personaje central de la narración. Como señaló el arquitecto e investigador Richard Buday décadas después: «El Jorobado es una novela gótica sobre un edificio gótico. El centro moral de la historia es la catedral de Notre-Dame. La arquitectura establece el escenario, sirve de telón de fondo a los personajes principales y ata para siempre sus destinos. El personaje central no es una persona; es un edificio, al que Hugo consideraba un ser sintiente».\n\nEl éxito fue inmediato y arrollador. La novela no solo popularizó la historia de Quasimodo y Esmeralda, sino que reeducó a la sociedad parisina sobre el valor histórico y estético de su catedral. Las detalladas descripciones arquitectónicas que salpicaban sus páginas —cada arbotante, cada gárgola, cada rosetón— funcionaron como un inventario poético que despertó la conciencia colectiva. En 1844, apenas trece años después de la publicación, el gobierno francés encargó a los arquitectos Eugène Viollet-le-Duc y Jean-Baptiste Lassus la restauración más ambiciosa que había conocido el edificio: se reemplazaron las esculturas perdidas, se reinstalaron vidrieras de colores, se restauraron los contrafuertes y se erigió la aguja central que, hasta el incendio de 2019, coronó el perfil del monumento.\n\nLa exposición «Hugo y la Arquitectura» permite trazar el proceso creativo que condujo a esa obra maestra. La comisaria Alexandrine Achille explicó que en los dibujos de Hugo «está omnipresente el motivo arquitectónico» y que esto también puede apreciarse en su forma de escribir: «Es interesante observar que en los manuscritos de sus obras de teatro dibuja. No puede evitar, por así decirlo, dibujar y plasmar por escrito la forma en la que concibe el espacio. Hay una relación con el espacio que se manifiesta a través del dibujo y de la escritura».\n\nEntre las piezas más destacadas de la muestra figuran tres paisajes de España, país que Hugo visitó en dos ocasiones: la primera en 1812, cuando su padre ejercía como general al servicio de José Bonaparte, y la segunda en 1843, en un viaje que realizó junto a su esposa. Según la comisaria, el escritor se sintió «muy marcado e inspirado» por los paisajes españoles, lo cual influyó «sobre todo en sus obras de teatro». De aquella experiencia surgió el dibujo titulado «Recuerdo de España», una composición que amalgama elementos arquitectónicos identificados a su paso por lo que hoy es Castilla y León.\n\nLa faceta de dibujante de Hugo fue durante mucho tiempo una actividad estrictamente privada. «En su época se trataba de una actividad muy personal, muy familiar, muy íntima. Por eso nadie veía sus dibujos salvo su círculo cercano», señala Achille. Esta reserva contrasta con la maestría que desplegaba en ellos, capaz de alternar entre el detalle casi fotográfico de sus cuadernos de viaje y las composiciones visionarias y oníricas de sus obras más tardías. Charles Baudelaire, uno de los pocos contemporáneos que pudo acceder a ellos, escribió: «No encontré en las exposiciones del Salón la magnífica imaginación que fluye en los dibujos de Víctor Hugo como el misterio en el cielo. Hablo de sus dibujos a tinta china, porque es demasiado evidente que en poesía, nuestro poeta es el rey de los paisajistas».\n\nLa exposición también dedica una sección a Hauteville House, la casa que Hugo diseñó y decoró durante su exilio en la isla de Guernesey, en el canal de la Mancha. Allí, el escritor concibió cada rincón como un escenario teatral de su imaginación prolífica, demostrando que su obsesión por la arquitectura trascendía el papel y la tinta para materializarse en espacios habitables. Esta dimensión íntima de su relación con la arquitectura —la capacidad de «construir el espacio igual que construye la narrativa»— es uno de los hallazgos que la muestra propone al visitante.\n\nLas implicaciones de esta exposición trascienden el ámbito puramente cultural. En un momento en que Notre-Dame de París, gravemente dañada por el incendio del 15 de abril de 2019, ha reabierto sus puertas al público en diciembre de 2024 tras una reconstrucción que movilizó a más de 340.000 donantes de 150 países y recaudó aproximadamente 846 millones de euros, la pregunta sobre el valor del patrimonio arquitectónico y su fragilidad vuelve a estar sobre la mesa. Hugo comprendió, mucho antes que cualquier teórico de la conservación, que la defensa de un edificio no se libra solo en los despachos gubernamentales, sino en el imaginario colectivo de una sociedad.\n\nLa muestra «Hugo y la Arquitectura» funciona, en este sentido, como un recordatorio de que la preservación del patrimonio no es un hecho consumado, sino un proceso continuo que requiere de nuevos relatos que lo mantengan vivo. Los dibujos que una vez salvaron a Notre-Dame del derribo vuelven a estar en circulación, no ya como curiosidades de museo, sino como testigos mudos de una batalla que, a juzgar por los acontecimientos de 2019, nunca termina de librarse del todo. La exposición estará abierta hasta el 22 de noviembre de 2026 en la Maison Victor Hugo, situada en el número 6 de la Place des Vosges, en el cuarto distrito de París, con entrada de pago (11 euros la tarifa general, 9 euros la reducida) que incluye el acceso a las colecciones permanentes.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
