Hay una imagen que persigue a Julian Barnes desde hace décadas: la del loro de Flaubert. Un pájaro disecado que el novelista francés tuvo sobre su escritorio mientras escribía ‘Un corazón sencillo’. Barnes imaginó, al iniciar su carrera literaria, que las palabras tenían una conexión directa con las cosas, como el loro con su modelo real. Pero el tiempo —y la escritura de al menos quince novelas— lo llevó a cambiar de opinión. Esa metamorfosis intelectual es justamente el núcleo de ‘Mis cambios de opinión’ (Anagrama, 2025, traducción de Jaime Zulaika), el ensayo de no ficción que el autor británico publicó poco antes de que le fuera concedido el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026 y que, según ha declarado el propio Barnes, forma parte de sus últimas obras antes del retiro.
El libro, de apenas 80 páginas en su edición en castellano, pertenece a la colección Nuevos Cuadernos Anagrama y fue originalmente publicado en inglés en marzo de 2025 bajo el título ‘Changing My Mind’. En él, Barnes —nacido en Leicester en 1946— divide sus reflexiones en cinco secciones: los recuerdos, las palabras, la política, los libros, y la edad y el tiempo. Cada capítulo funciona como una pieza autónoma dentro de un engranaje mayor: demostrar que el cambio de opinión no es signo de debilidad sino de evolución intelectual. «He cambiado de opinión», admite el escritor sin ambages, y agrega: «siempre creemos que cambiar de opinión supone una mejora que nos llevará a alcanzar mayor veracidad o una noción más realista de nuestra relación con el mundo y con el prójimo».
La tesis central del ensayo se sostiene sobre un postulado que Barnes toma prestado del economista John Maynard Keynes: «Cambio de opinión cuando cambian los hechos». Pero el escritor va más allá. No se trata solo de reaccionar a nueva información objetiva, sino de un proceso íntimo que involucra la memoria, el lenguaje y la propia identidad. «Creo que recordar se acerca más a un acto de la imaginación que a la clara, fiable y detallada recuperación de un suceso de nuestro pasado», escribe Barnes, desarrollando una idea que su hermano, el filósofo Jonathan Barnes, le sugirió años atrás: que la memoria es fundamentalmente reconstructiva y no reproductiva.
Uno de los pasajes más reveladores del libro aborda la transformación de Barnes respecto a la naturaleza del lenguaje. El autor confiesa que su primera posición filosófica se alineaba con la doctrina clásica de la verdad como correspondencia, heredera de Parménides, Platón y Aristóteles: lo que se dice concuerda con lo que la realidad es. Sin embargo, con el tiempo abandonó esa convicción. «No creía ya en una edad dorada del lenguaje ni en el maridaje platónico de palabra y objeto», afirma. En su lugar, Barnes se desplazó hacia posiciones que guardan afinidad con el estructuralismo lingüístico de Ferdinand de Saussure —según el cual las palabras solo se refieren a otras palabras dentro del sistema de la lengua—, con el nominalismo y con la noción posmoderna de los juegos de lenguaje procedente de Ludwig Wittgenstein. «Llegué a creer que el lenguaje era —y es— a menudo aproximativo, que las palabras solo significan lo que convenimos en general que significan», concluye el escritor.
En el terreno político, Barnes es menos flexible. Su postura, que él mismo califica de «plaga» y «fastidio» hacia la política, es la que menos ha variado con los años. El escritor traza en estas páginas un esbozo de lo que denomina su «República Benévola de Barnes», una utopía personal donde el transporte, el gas y la electricidad serían públicos, se convocaría un referéndum sobre el futuro de la monarquía —que Barnes espera que ganen los monárquicos— y se solicitaría el reingreso inmediato del Reino Unido en la Unión Europea. «Decepcionarnos es una de las funciones de los políticos», sentencia con la frialdad que caracteriza su prosa ensayística. La política, para Barnes, es el ámbito donde las certezas son más resistentes al cambio; una suerte de núcleo duro del carácter que permanece inalterable incluso cuando todo lo demás se transforma.
El contexto en el que aparece este libro no es menor. Barnes fue diagnosticado en 2020 con una forma rara de cáncer de sangre. En enero de 2026, un día después de cumplir 80 años, publicó ‘Despedidas’ (‘Departure(s)’), que ha anunciado como su último libro. ‘Mis cambios de opinión’ es, por lo tanto, la obra de un escritor que se sabe en la etapa final de su vida y que, lejos de aferrarse a posiciones inamovibles, elige exponer sus propias contradicciones y vacilaciones. Es, en palabras de la crítica especializada, «una bella, serena y ponderada obra que solo la senectud de un grande puede concebir».
Las implicancias de ‘Mis cambios de opinión’ trascienden el ámbito estrictamente literario. En una era caracterizada por la polarización ideológica y la rigidez discursiva, el ensayo de Barnes propone un antídoto: la revisión permanente de las propias certezas como ejercicio de honestidad intelectual. No se trata de frivolidad o de oportunismo, sino de lo que el escritor describe como «una mejora que nos llevará a alcanzar mayor veracidad o una noción más realista de nuestra relación con el mundo». En este sentido, el libro funciona también como una declaración de principios sobre el oficio del escritor. Barnes ha construido una carrera de más de cuatro décadas alternando ficción y no ficción, novelas y ensayos, textos «híbridos» como él mismo los define. Su capacidad para cambiar de opinión sin perder coherencia es, quizás, la clave de una obra que incluye títulos canónicos como ‘El loro de Flaubert’, ‘El sentido de un final’ (Premio Booker 2011) y ‘Arthur & George’.
El jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026, presidido por Santiago Muñoz Machado e integrado por figuras como María Dueñas, Marcos Giralt Torrente y Jorge Volpi, destacó en su fallo la «obra innovadora y pausada, atrevida y reposada, intelectual e imaginativa» de Barnes. ‘Mis cambios de opinión’ condensa buena parte de esas cualidades en un formato breve: la agudeza analítica, el humor contenido, la honestidad sin concesiones. El escritor mira hacia atrás no para instalarse en la nostalgia, sino para comprender cómo el tiempo ha moldeado su pensamiento. Y en ese movimiento, ofrece una lección que trasciende lo literario: cambiar de opinión no es traicionarse a uno mismo; es, acaso, la forma más honesta de ser fiel a la propia inteligencia.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
