Cultura

Los primeros libros que amó Márgara Averbach: un repaso por las lecturas que forjaron a una de las voces más lúcidas de la literatura juvenil argentina

¿Qué queda de aquellos primeros libros cuando la lectura ya no es un pasatiempo sino una forma de vida? Para Márgara Averbach —escritora, traductora literaria y doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires— la respuesta no es un listado ordenado de títulos sino un territorio irregular de sensaciones, olvidos y revelaciones. En «Los primeros libros que amé», una columna elaborada para Clarín, Averbach se presta al ejercicio de reconstruir el camino que va de la niña que escuchaba cuentos en voz alta a la profesional que hoy traduce, escribe y enseña literatura.

Nacida en Buenos Aires en 1957, Averbach ha construido una trayectoria difícil de encasillar. Es autora de novelas como «Cuarto menguante», «El año de la vaca» (ganadora del Premio Destacados de ALIJA en 2004), «Una cuadra» (premio Cambaceres de la Biblioteca Nacional 2007) y «Los que volvieron». También escribe para niños y jóvenes, traduce del inglés al castellano y fue, hasta hace poco, docente de literatura de los Estados Unidos en la UBA y de traducción literaria en el Instituto de Enseñanza Superior en Lenguas Vivas «Juan Ramón Fernández» y en el Lenguas Vivas Spangenberg. En 2007 obtuvo el Premio Conosur de Traducción de Unión Latina y, en 2014, el Diploma Konex por su trabajo en literatura juvenil. Sin embargo, cuando se le pide que hable de sus primeros libros, el recorrido no empieza por los títulos canónicos ni por las estadísticas de ventas: empieza por un pollito que tenía frío.

«En realidad, recuerdo muy poco de los libros de la primera infancia, ese tiempo en que mi mamá me leía en voz alta porque yo no sabía hacerlo todavía (aprendí en primer grado). Recuerdo dos cuentos, uno con angustia y otro con alegría», confiesa la autora. Esas narraciones pertenecían a una colección de la Editorial Abril que su familia compraba con regularidad. El primero, el que despertaba angustia, era la historia de un pollito que repetía una y otra vez «Pío, pío, tengo frío». Una imagen que, según Averbach, la aterrorizaba desde pequeña —y que, admite, sigue aterrorizándola aún hoy. El segundo, el que la apasionaba, era una leyenda en la que un país organizaba un concurso para elegir rey; todos los candidatos resultaban un espanto, pero el peor de todos tenía un caballo que le resolvía todas las pruebas. Al final, el país decidía que el ganador era… el caballo. «Para mí, una solución maravillosa», dice Averbach.

Esta primera capa de lecturas plantea ya una tensión que atravesará toda su formación: por un lado, la literatura como espejo de los propios miedos (el frío, la vulnerabilidad); por el otro, la literatura como espacio de resolución imprevisible y justicia poética (el caballo que se convierte en rey). Dos polos que, de algún modo, prefiguran el oficio de quien escribe y traduce: saber habitar la incomodidad del texto ajeno y, al mismo tiempo, encontrar salidas creativas donde otros solo ven callejones sin salida.

Si los libros de la primera infancia se pierden en la bruma de los recuerdos parciales, los de la adolescencia se mantienen con nitidez. «Dos me marcaron para siempre», afirma Averbach. El primero fue la saga del pirata Sandokán, de Emilio Salgari. «Creo que en parte también me conmovía por la lucha contra el imperialismo inglés. Amé al pirata y a su amigo Yañez. Amé esos nombres exóticos de Asia y el Índico, la isla de Mompracem, la lucha y la lealtad.» Es interesante notar que, a diferencia de muchos lectores de su generación, la autora no encontró en Julio Verne —el autor predilecto de su padre— el mismo imán. «Me aburría mucho, salvo excepciones», reconoce con honestidad.

El segundo hito fue «Los tres mosqueteros», de Alejandro Dumas. Un libro que no solo leyó sino que releyó, y que la empujó a continuar con «Veinte años después» y «El vizconde de Bragelonne». «Por ese libro empecé a inventarme historias en las que yo llegaba a formar parte de ese cuarteto a pesar de ser mujer», reconstruye. La frase tiene una densidad que excede lo anecdótico: la joven lectora no solo consume el texto sino que lo reescribe mentalmente para incluirse en él, para negociar su lugar en una narración que originalmente no la contemplaba como protagonista. Esa operación, que combina lectura, imaginación y resistencia, es quizás el germen de su propia producción literaria.

La adolescencia, sin embargo, no fue un período amable. «Los libros fueron mi único refugio, el mejor lugar de mi vida durante los tiempos de la secundaria (que siguen siendo los peores de mi vida)», sostiene Averbach. En una época en que la televisión y el cine estaban restringidos a una hora diaria, la lectura se convirtió en un territorio de libertad. «El peor de los veranos de mi vida, entre cuarto y quinto año, me refugié en una colección de novelas sobre animales: la saga de Thowra, caballo salvaje», recuerda. Se trata de «The Silver Brumby» («El brumby plateado»), la serie de la autora australiana Elyne Mitchell que narra las aventuras de Thowra, un espléndido semental plateado que debe defender su manada de otros caballos salvajes y de la captura por parte de los hombres. Doce libros que ofrecieron a aquella adolescente un mundo entero al que escapar.

El cruce entre estas lecturas —Salgari, Dumas, Mitchell— y la carrera profesional de Averbach no es casual. La traductora literaria que hoy «reescribe en castellano los libros que otros escribieron en inglés» aprendió muy temprano que leer es también una forma de traducir: traducir experiencias ajenas en propias, traducir mundos lejanos en refugios habitables. «Me gusta escribir libros que yo soñé», ha dicho, y esa frase condensa la doble dirección de su trabajo: escribir los libros que le hubiera gustado leer de joven y traducir aquellos que merecen ser leídos en su lengua.

Las implicancias de este recorrido van más allá de la autobiografía. En un contexto donde la literatura infantil y juvenil argentina ha ganado un lugar central en las políticas de lectura, la experiencia de Averbach ilumina algo que suele pasarse por alto: la formación de un escritor no sigue una línea recta de acumulación de títulos «correctos» sino un mapa sinuoso de afinidades electivas, rechazos igualmente formativos y relecturas obsesivas. Que una autora que hoy forma parte del canon de la LIJ argentina haya encontrado sus primeras afinidades en un autor italiano (Salgari), otro francés (Dumas) y una australiana (Mitchell) sugiere que las fronteras nacionales pesan menos que las emocionales cuando se trata de construir un lector.

Averbach cierra su recorrido sin grandilocuencias pero con la precisión de quien sabe que los libros, al final, no se recuerdan por sus tapas sino por lo que hicieron posible. En su caso, hicieron posible que una niña que temblaba ante un pollito con frío se convirtiera en una mujer que, desde la traducción, la docencia y la escritura, sigue buscando esas soluciones maravillosas donde el caballo gana el concurso y el reino entero celebra la derrota de los candidatos espantosos.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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