Cultura

Letras en la frontera: cómo un festival literario reunió a escritores del mundo en la DMZ, la zona más vigilada del planeta

La península de Corea permanece técnicamente en guerra desde 1953. Ese año, el 27 de julio, se firmó el Armisticio de Panmunjom que puso fin a los combates directos de la Guerra de Corea (1950-1953), pero no estableció un tratado de paz definitivo. Setenta y tres años después, la Zona Desmilitarizada (DMZ, por sus siglas en inglés) sigue siendo una franja de cuatro kilómetros de ancho por 250 kilómetros de largo que funciona como cicatriz geopolítica activa, custodiada por alambradas, campos minados y puestos de vigilancia de ambos lados. En ese escenario de tensión permanente, entre marzo y los primeros días de abril de 2026, se celebró el DMZ World Literature Festa 2026, un encuentro que congregó a 150 escritores de distintas latitudes con un título que opera como manifiesto: «Out of the Land of Silence with the Language of Life» («Fuera de la tierra del silencio con el lenguaje de la vida»).

La única invitada del mundo hispanohablante fue la escritora argentina María Rosa Lojo, nacida en Buenos Aires en 1954, doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires e investigadora principal del CONICET. Su presencia no fue casual: autora de una obra que abarca novelas como Todos éramos hijos (2014) y Solo queda saltar (2018), cuentos, poesía y microficciones, Lojo ha explorado de forma recurrente las nociones de exilio, identidad, diáspora y memoria histórica, temas que el festival colocó en el centro de su agenda.

El viaje hasta Seúl insumió más de treinta horas con una escala en Frankfurt. La convocatoria llegó a través de la Red Global de Escritores por la Vida, la Paz y la Convivencia, en articulación con la Sociedad Coreana de Escritores (Korean Writers’ Association), el gobierno provincial de Gyeonggi y la Fundación Cultural de Gyeonggi. El epicentro del festival no fue la DMZ propiamente dicha, sino sus inmediaciones: Camp Greaves, una base que perteneció al 506° Regimiento de la Segunda División de Infantería del Ejército de Estados Unidos durante aproximadamente medio siglo, hasta que fue devuelta al gobierno surcoreano en 2007. Desde entonces, el predio fue reconvertido en un centro de experiencia sobre paz y seguridad, y funciona también como albergue juvenil.

Allí, el 27 de marzo a las 11 de la mañana, se realizó la apertura formal con dos figuras de peso: la bielorrusa Svetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura 2015, y el surcoreano Hwang Sok-Yong, nacido en 1943 en Changchun, Manchuria, sobreviviente de la masacre de Gwangju de 1980 y figura central de las letras coreanas contemporáneas. Ambos pronunciaron discursos que, según los organizadores, inauguraron el festival «con el lenguaje de la vida». Alexievich, conocida mundialmente por obras como La guerra no tiene rostro de mujer (1985) y Últimos testigos, abordó la represión en Bielorrusia y el valor de la palabra como resistencia frente al autoritarismo. Hwang Sok-Yong, que estuvo preso por su viaje no autorizado a Corea del Norte en 1989 y fue liberado en 1998 mediante un indulto presidencial, habló desde su experiencia como testigo de los levantamientos populares y la represión militar.

La masacre de Gwangju, ocurrida entre el 18 y el 27 de mayo de 1980, marcó un punto de inflexión en la historia de Corea del Sur. Durante esos nueve días, ciudadanos que protestaban pacíficamente por la democratización fueron reprimidos por fuerzas militares y paracaidistas. Las cifras oficiales de víctimas fatales varían entre 200 y más de 1.000, según las fuentes. Hwang Sok-Yong documentó esos hechos en su obra Beyond Death, Beyond the Darkness of the Age (1985), que luego se convirtió en la base del libro Gwangju Uprising: The Rebellion for Democracy in South Korea, compilado junto a Lee Jae-eui y Jeon Yong-ho. Que ese mismo escritor estuviera en la DMZ, a pocos metros de la frontera que divide a su país, tuvo una carga simbólica difícil de soslayar.

El festival incluyó paneles de discusión, lecturas, presentaciones de libros y actividades colaborativas. Lojo participó en un panel sobre la diáspora, moderado por la crítica literaria Lee Eunran, junto a dos escritores coreanos y la coreano-estadounidense Jane Jeong Trenka. El tema de la diáspora no era accesorio: Corea del Sur es uno de los países con mayor emigración histórica del este asiático, con comunidades dispersas en Estados Unidos, China, Japón y Rusia, y la literatura de la diáspora coreana constituye un corpus extenso que aborda la división, la memoria y la reconstrucción identitaria.

Pero el momento de mayor densidad simbólica ocurrió el último día, cuando los participantes fueron trasladados a los observatorios de Odusan y Dora. Desde esos miradores, situados en la cima de colinas en la ciudad de Paju, es posible avistar la franja desmilitarizada y, al fondo, el territorio de Corea del Norte. En el Observatorio Dora, los visitantes pueden usar binoculares de alta potencia para divisar la ciudad norcoreana de Kaesong, antigua capital del reino de Koryo. Esa mirada, que parece turística pero está cargada de gravedad política, fue el cierre del recorrido.

Entre las actividades colectivas, los escritores y asistentes participaron en una ceremonia con Pungmulpae Teoullim, un grupo de Pungmul —música folclórica rural coreana que combina percusión, danza y canto—, vistiendo trajes blancos con franjas de colores. Todos se tomaron de cintas que colgaban de un mástil central y bailaron. Luego escribieron mensajes en otras cintas que ataron al alambrado que separa las dos Coreas. A pocos metros, se pronunciaron discursos frente a un monumento dedicado a los caídos en la Guerra de Corea.

Las implicancias de este festival trascienden lo literario. La DMZ no es solo una frontera: es el resultado de un conflicto congelado que costó más de cinco millones de vidas entre 1950 y 1953, y que desde entonces ha registrado episodios periódicos de escalada militar. En 1966, el líder norcoreano Kim Il-sung lanzó una campaña de guerra irregular que duró hasta 1969, conocida como el conflicto de la zona desmilitarizada de Corea. En las últimas siete décadas, soldados surcoreanos y estadounidenses han permanecido acantonados en la zona, y el armisticio ha sido violado en múltiples ocasiones. La península sigue siendo uno de los puntos más militarizados del planeta, con cerca de 37.000 soldados estadounidenses desplegados en Corea del Sur.

En ese contexto, reunir a 150 escritores de países como Palestina, Sierra Leona, Filipinas, Sudáfrica, Bielorrusia, Argentina y Corea del Sur para discutir el rol de la literatura en la construcción de paz no es un gesto menor. La escritora argentina María Rosa Lojo, que lleva décadas explorando en su obra los efectos del desarraigo y la memoria histórica, se encontró en un territorio donde esas preguntas no son abstractas: la herida de la división coreana permanece abierta, y la literatura —como quedó demostrado en las voces de Alexievich y Hwang Sok-Yong— sigue siendo una herramienta para nombrar lo que el silencio político intenta sepultar.

La información presentada en este artículo fue corroborada con el testimonio de la autora publicado en el diario Clarín y con reportes del Korea Times, así como con fuentes documentales sobre la historia de la Guerra de Corea, la masacre de Gwangju y la transformación de Camp Greaves. El carácter neutral del análisis busca ofrecer al lector una comprensión precisa de un evento que, aunque literario, se inserta en el núcleo de uno de los conflictos geopolíticos más prolongados del siglo XXI.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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