Cultura

Sergio Bizzio: la escritura como salto al vacío y la reunión de tres décadas de narrativa breve

Dos libros publicados de forma simultánea, una antología que condensa más de veinte años de oficio y un volumen inédito que parece desafiar cualquier etiqueta de género. Eso es lo que presenta Sergio Bizzio (Villa Ramallo, 1956) en el invierno de 2026: Relatos reunidos (Interzona, 384 páginas) y La primera vez que escuché reggae (Random House, 166 páginas). El movimiento es doble y, en cierto modo, contradictorio: por un lado, la mirada retrospectiva que toda antología impone; por el otro, la apuesta por lo nuevo, por el cuento que todavía no ha sido escrito. Pero en Bizzio, esa contradicción es solo aparente.

«Una vez que escribí la primera línea, todo mi procedimiento se basa en escribir la segunda y así sucesivamente. Y nunca sé qué es lo que va a pasar», explica el autor en diálogo con Clarín. Esta declaración no es una pose ni una declaración de principios: es, quizás, la clave de bóveda de una obra que lleva más de cuarenta años desafiando las convenciones narrativas argentinas. Desde Borges hasta Cortázar, el cuento en Argentina ha sido entendido como un mecanismo de precisión, un artefacto donde cada pieza encaja con la exactitud de un reloj suizo. Bizzio, en cambio, propone un modelo alternativo: la narrativa como deriva, como salto al vacío donde ni siquiera el autor conoce el punto de llegada.

La editorial Interzona describe Relatos reunidos como una selección de cuentos extraídos de sus libros previos: Chicos (2004, reeditado en 2006 y 2026), En el bosque del sonambulismo sexual (2013), Dos fantasías espaciales (2015), La pirámide (2019), Tres marcianos (2020), La conquista, Iris y Construcción (2019) y Bongo Fury (2022). La selección, sin embargo, no sigue un orden cronológico. «No lo único que hice fue mezclarlos en un orden nuevo, discontinuando las épocas en las que fueron escritos», aclara Bizzio. Y agrega: «Me gustan las diferencias y los saltos». Esa decisión editorial no es menor: al desordenar la cronología, el lector no puede rastrear una evolución lineal del autor, sino que se enfrenta a un mapa de obsesiones que vuelven una y otra vez, como motivos musicales que se repiten a lo largo de una sinfonía.

El sello de Bizzio, como señala la crítica, es una escritura capaz de abrir pequeñas fisuras en escenarios reales por donde se cuela lo fantástico, o, a la inversa, grietas realistas dentro de escenarios sobrenaturales. En sus cuentos, lo extraordinario no irrumpe con estruendo, sino que se instala con la naturalidad de lo cotidiano. Un vecino incómodo, la ocupación de una casa, una ceremonia escolar fallida, la caída de un empleado bancario que se transforma en pájaro: todo es posible dentro del universo bizziano, pero nada parece forzado.

La primera vez que escuché reggae, por su parte, incluye once relatos nuevos entre los que se encuentran «Paranoia», «Un barco a punto de hundirse» y «La deriva de Yusuke». En todos ellos, los personajes parecen convertirse en otra persona sin proponérselo, como si la identidad fuera un disfraz que se lleva puesto a la fuerza. El propio Bizzio lo describe como un «disco» que contiene «de todo: temas clásicos, temas absurdos, comienzos cerrados y finales abiertos, cambios de voz en mitad del trayecto». La analogía musical no es casual: Bizzio también es músico, integrante de la banda Súper Siempre, y el ritmo de sus cuentos responde a una lógica más cercana a la composición musical que a la arquitectura narrativa tradicional.

El volumen incluye, según describe el autor, «un trabajo sobre ‘La rama dorada’ de Frazer», la célebre obra de antropología de James George Frazer, y «un tema fantástico que suena razonable y que de pronto se disloca y genera en la obra una zona medio loca de nonsense, diría de ‘ruidismo'». El cierre del libro, anuncia, es «un tema largo, muy pero muy sencillo, y que no tiene nada que ver con todo lo demás». Esa diversidad interna, sin embargo, encuentra un punto de unidad en el estilo: «El estilo es lo único que mantiene la unidad», afirma.

Las implicancias de esta doble publicación exceden el campo de la mera novedad editorial. En un contexto literario donde la industria tiende a etiquetar y clasificar, Bizzio aparece como un autor que resiste cualquier categorización. Su obra ha sido traducida a más de quince idiomas —inglés, francés, italiano, árabe, portugués, hebreo, búlgaro, bengalí, holandés, ruso, alemán y mandarín, entre otros— y varios de sus textos fueron adaptados al cine en Argentina, Brasil, España y Francia. El cuento «Cinismo», incluido en Chicos, sirvió de base para la película XXY (2007), dirigida por Lucía Puenzo, que obtuvo cinco premios en el Festival de Cannes y el Premio Goya. Su novela Rabia (2004) ganó el Premio Internacional de la Novela de la Diversidad en España y fue adaptada al teatro por Claudio Tolcachir en Madrid.

En 2023, Bizzio recibió el Premio Nacional de Literatura, y en 2024 fue distinguido con el Premio Konex de Letras. Sin embargo, el autor mantiene una relación distante con los circuitos de consagración. No suele participar de cócteles ni presentaciones rimbombantes. «Vivo encerrado y haciendo lo que me gusta», dijo en una entrevista previa. Esa condición de outsider, cultivada casi como un programa estético, le ha permitido desarrollar una obra que avanza por caminos impredecibles.

El crítico Daniel Guebel, otro nombre central de la narrativa argentina contemporánea, ha dicho de Bizzio: «Es el más leve e inspirado de los autores argentinos, el que con más gracia atraviesa las promesas de la dicha y mejor disecciona los engaños del infierno». Juan José Becerra, por su parte, lo define como «libre, inspirado, inclasificable». La coincidencia entre voces de la crítica es significativa: Bizzio ha construido una obra que, sin hacer ruido, se ha vuelto esencial para entender la narrativa argentina de las últimas décadas.

Detrás de esa aparente ligereza, sin embargo, hay un trabajo minucioso con el lenguaje. Bizzio comenzó estudiando Arquitectura y Letras, pero abandonó ambas carreras para dedicarse por completo a la escritura y a una multiplicidad de oficios artísticos: ha sido escenógrafo, guionista, productor de televisión, director de cine y músico. Esa formación heterodoxa se refleja en una prosa que parece despojada de toda artificiosidad, pero que en realidad está construida con la precisión de quien conoce los resortes del oficio.

En un panorama literario donde la planificación y el cálculo editorial parecen dominar las decisiones creativas, la propuesta de Bizzio funciona como un contrapunto. «El juego de la literatura es no saber adónde va una historia», afirma. Esa declaración, que podría leerse como una simple ocurrencia, condensa en realidad una poética completa: la escritura como exploración, como territorio de descubrimiento donde el autor no es un ingeniero que diseña un recorrido, sino un viajero que avanza sin mapa. Para Bizzio, el verdadero riesgo de la ficción no está en la audacia de los temas, sino en la disposición a perderse.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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