Durante décadas, la narrativa hegemónica de la exploración espacial se ha sostenido sobre tres pilares cuidadosamente pulidos: el progreso científico imparable, la paz entre las naciones y el beneficio para toda la humanidad. Sin embargo, detrás de ese relato de cohetes brillantes y astronautas sonrientes se esconde una trama de intereses militares, trabajo esclavo, borrados históricos y operaciones de marketing que pocas veces se examinan con la profundidad que merecen. El libro «Una historia de la conquista espacial. De los cohetes nazis a los astrocapitalistas del New Space», de los investigadores franceses Irenée Régnauld y Arnaud Saint-Martin, publicado en español por el Fondo de Cultura Económica (FCE) en 2026, viene a llenar ese vacío con un enfoque crítico que promete incomodar a más de un entusiasta de la carrera espacial.\n\nLa obra, que consta de 304 páginas, no comienza con la célebre frase de Neil Armstrong sobre el pequeño paso para un hombre, sino en la base secreta de Peenemünde, en la costa del mar Báltico, donde el régimen nazi desarrolló sus programas de armamento más mortíferos. Allí, entre 1937 y 1945, un equipo liderado por el ingeniero Wernher von Braun trabajó en el diseño del misil balístico V-2 —el Vergeltungswaffe 2—, el primer proyectil de largo alcance de la historia, capaz de volar a más de 5.600 kilómetros por hora y transportar una carga explosiva de 900 kilos. Lo que las crónicas oficiales olvidan mencionar con frecuencia es que esa fábrica de cohetes funcionó gracias al trabajo esclavo de miles de prisioneros de guerra y presos políticos, trasladados luego al campo de concentración de Mittelbau-Dora, donde la tasa de mortalidad entre los trabajadores forzados fue escalofriante. Se estima que la construcción y producción de los misiles V-2 costó la vida de aproximadamente 20.000 personas, una cifra que supera incluso el número de víctimas causadas por el propio cohete en sus ataques contra Londres, París y Amberes.\n\nEl libro de Régnauld y Saint-Martin no se detiene en la mera denuncia, sino que reconstruye con precisión el entramado de complicidades. Von Braun no fue un científico apolítico reclutado a la fuerza: se afilió al Partido Nazi en 1937 y fue nombrado miembro de las SS en 1940. Pero el caso más revelador que rescatan los autores es el de Kurt Debus, antiguo coronel de las SS, definido por los propios servicios de inteligencia estadounidenses como un «nazi apasionado». Debus, sin embargo, terminó siendo el primer director del Centro de Operaciones de Lanzamiento de la NASA, rebautizado después como Centro Espacial Kennedy. Bajo su supervisión se realizaron 150 lanzamientos de misiles militares y vehículos espaciales, incluyendo 13 lanzamientos del Saturno V, el mismo cohete que llevó al ser humano a la Luna. La paradoja es tan brutal como silenciada: el primer gran centro espacial estadounidense, símbolo del avance tecnológico y la libertad, fue dirigido por un hombre que había jurado lealtad a Hitler y al régimen de las SS.\n\nLos autores explican cómo esta operación de maquillaje fue posible gracias a la Operación Paperclip, el programa secreto del gobierno de Estados Unidos que, entre 1945 y los años siguientes, reclutó a más de 1.600 científicos e ingenieros alemanes —muchos de ellos con afiliación nazi comprobada— para trabajar en el desarrollo de misiles y cohetes estadounidenses. La lógica era fría y geopolítica: en plena Guerra Fría, la prioridad absoluta era impedir que esos conocimientos cayeran en manos de la Unión Soviética. El pasado nazi de los científicos fue sistemáticamente borrado, blanqueado o relativizado por las agencias de inteligencia. Para 1950, los mismos organismos que años antes habían identificado a Debus como un «nazi apasionado» ya consideraban que el científico había abrazado «la democracia y el modo de vida estadounidense». El olvido, parece sugerir el libro, fue una decisión política deliberada.\n\nEl análisis no se detiene en el pasado. Régnauld y Saint-Martin dedican una parte sustancial de su obra a examinar la retórica de la «conquista» y la «colonización» del espacio, términos que no son casuales. Los autores trazan un paralelismo explícito entre el lenguaje utilizado por las potencias europeas durante la colonización de América, África y Asia y el que hoy emplean las agencias espaciales y las empresas privadas para referirse a Marte, la Luna y los asteroides. El vocabulario no es inocente: hablar de «colonización» del espacio implica un marco mental donde un territorio está vacío, disponible para ser explotado, sin considerar las implicaciones políticas, éticas y ecológicas de ese gesto.\n\nUno de los pasajes más reveladores del libro rescata la oposición silenciada que enfrentó el programa Apolo, especialmente entre los sectores más progresistas de la sociedad estadounidense. El 15 de julio de 1969, un día antes del lanzamiento del Apolo 11, el reverendo Ralph Abernathy —sucesor de Martin Luther King al frente de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur— encabezó una protesta de medio millar de activistas de la Campaña de los Pobres frente a las puertas del Centro Espacial Kennedy, acompañados por dos carretas tiradas por mulas. «El dinero del programa espacial debería gastarse en alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos, cuidar a los enfermos y albergar a quienes no tienen techo», declaró Abernathy al administrador de la NASA, Thomas Paine.\n\nEl propio Martin Luther King ya había señalado la contradicción en 1966 y 1967: «Si nuestra nación puede gastar 35.000 millones de dólares al año para librar una guerra injusta y perversa en Vietnam y 20.000 millones para poner un hombre en la Luna, puede gastar miles de millones para poner a los hijos de Dios sobre sus propios pies aquí en la Tierra», dijo King en agosto de 1967, en un discurso ante la Convención Anual de la SCLC en Atlanta. El intelectual Noam Chomsky también se sumó a las críticas, señalando cómo la carrera espacial era, en esencia, una extensión de los intereses militares y de hegemonía global de Estados Unidos.\n\nEstas voces disidentes no eran marginales. Encuestas de la época citadas por los autores muestran que un porcentaje significativo de la población estadounidense veía el programa Apolo con escepticismo, especialmente entre las comunidades afroamericanas y los sectores más pobres, que percibían cómo miles de millones de dólares se dirigían hacia una proeza tecnológica mientras los barrios marginales se degradaban y la desigualdad racial se profundizaba. La canción «Whitey on the Moon», del poeta y músico Gil Scott-Heron, compuesta en 1970, capturó ese sentir popular con versos que aún resuenan: «No puedo pagar ni una factura del médico, pero los blanquitos están en la Luna».\n\nLa investigación de Régnauld y Saint-Martin también aborda el presente a través del fenómeno del New Space, ese ecosistema de empresas privadas —SpaceX de Elon Musk, Blue Origin de Jeff Bezos, Virgin Galactic de Richard Branson— que prometen democratizar el acceso al espacio, colonizar Marte y extraer recursos de asteroides. Los autores no niegan los avances tecnológicos logrados por estas compañías, pero los enmarcan dentro de lo que denominan «astrocapitalismo»: un modelo de negocio que reproduce, en el espacio, las mismas dinámicas de desigualdad, explotación y concentración de riqueza que caracterizan al capitalismo terrestre.\n\nEl costo de un vuelo suborbital con Virgin Galactic ronda los 250.000 dólares por pasajero. Blue Origin ha vendido asientos en sus cápsulas New Shepard por sumas que solo están al alcance de los multimillonarios. Mientras tanto, los críticos señalan que esos mismos presupuestos podrían destinarse a combatir el cambio climático, reducir la pobreza o financiar la investigación científica en la Tierra. Bezos ha respondido que el futuro de la humanidad está en trasladar la industria pesada al espacio; Musk, por su parte, insiste en que colonizar Marte es un «seguro de vida» contra la extinción humana. Los autores del libro contraargumentan que esas visiones, presentadas como altruistas y universalistas, encubren intereses comerciales concretos y una concepción profundamente elitista del futuro.\n\nEn última instancia, «Una historia de la conquista espacial» no es un libro contra la exploración del cosmos, sino contra la narrativa ingenua que la presenta como un proceso neutral, desinteresado y benéfico para toda la humanidad. La obra demuestra que cada cohete, cada satélite y cada misión tripulada han estado atravesados por disputas de poder, cálculos militares, ambiciones económicas y decisiones políticas que poco tienen que ver con el romanticismo de las estrellas. Como afirman los propios autores, la historia que cuentan «es de buena gana crítica en el sentido de que pone de manifiesto los mecanismos, las regularidades y los entresijos de la historia espacial sin disimular ciertos aspectos problemáticos». En un momento en que los multimillonarios compiten por quién llega primero a la Luna o a Marte, esa mirada lúcida y sin concesiones resulta más necesaria que nunca.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
