La literatura contemporánea en español ha presenciado en los últimos años una proliferación de fronteras genéricas cada vez más porosas, donde poetas y narradores intercambian herramientas y territorios. En ese cruce inestable se inscribe ‘Las vitalidades’ (Mar de Fondo, 2026 en Argentina), la primera novela de la poeta y dramaturga española Ángela Segovia (Las Navas del Marqués, Ávila, 1987), que llega al país sudamericano tras su publicación original en 2022 por la editorial española La uÑa RoTa. Se trata de un texto breve —apenas un centenar de páginas— pero denso, que funciona como una cámara de resonancia donde cada frase reverbera con el peso de lo no dicho.\n\nLa obra se presenta como un artefacto narrativo inclasificable: una nouvelle que respira poesía en cada uno de sus pliegues. La historia se despliega desde la voz de una narradora en primera persona que responde al nombre de Rune —una elección onomástica que evoca tanto la letra R como el misterio de lo escandinavo, lo remoto—. Rune habita una casa grande con una torre alta, rodeada de un jardín inmenso, un bosque claro y una huerta vigilada por tres mujeres: Poli, la jefa que lleva un manojo de llaves atado al cinto, y las dos Mirtas, figuras secundarias que bordean lo fantasmal. Pero el centro gravitacional de la novela es una ausencia: la de “Él”, un hombre troncal en la vida de la protagonista —¿un padre?— que ha desaparecido sin previo aviso.\n\nDesde esa falta fundacional, Segovia construye una arquitectura literaria que no avanza mediante una trama convencional, sino a través de bloques despojados, frases cortas y la recurrencia de imágenes que operan como obsesiones: el espejo oval, los vestidos de dormir, las escopetas, los niños con alas de conejos, las lajas de piedra, los cuadernos, el fuego. No hay progresión dramática en el sentido tradicional; en su lugar, la autora genera una temporalidad suspendida, un limbo mental donde la protagonista se mueve entre la infancia y una madurez apenas esbozada, preguntándose por aquello que nombra como “vitalidades”. Estas vitalidades son, según las define el propio texto, las energías cromáticas, texturales y atmosféricas que emanan de las personas, los objetos y los paisajes. “La mayor parte de las veces los misterios de la tierra poseen las vitalidades más lindas, es decir, las doradas, aunque al mismo tiempo pueden pasar desapercibidas”, escribe Segovia en un pasaje que condensa la lógica perceptiva de la obra.\n\nEl concepto de vitalidad en esta novela no es una metáfora decorativa sino un dispositivo epistemológico. La protagonista clasifica el mundo no por su utilidad o su significado simbólico, sino por la energía que irradia: las vitalidades pueden ser doradas, claras, umbrías, cercanas o ajenas. El bosque al que ella llama “el bosque claro” posee una vitalidad “desposeída de misterio familiar”, lo que permite una pertenencia que la relación con Él nunca le otorgó. “Él nunca venía conmigo y tampoco le vi adentrarse solo. Ahora me pregunto si quizás por este motivo él se decepcionó de mí y acabó por rechazarme de ese modo, el modo de la indiferencia”, reflexiona la narradora en un pasaje que revela la herida central del relato: la indiferencia como forma de abandono.\n\nLa crítica ha señalado que ‘Las vitalidades’ se emparenta con una tradición de mujeres encerradas que va desde ‘Cumbres borrascosas’ de Emily Brontë hasta las ficciones contemporáneas de Maggie O’Farrell. También se ha comparado con ‘Metempsicosis’ de Rodrigo Rey Rosa, por la creación de una atmósfera interior de enigma y ambigüedad. Sin embargo, la novela de Segovia posee un ADN propio que la distancia de esas referencias: su lengua es la de una poeta que ha trabajado durante años en la desarticulación del lenguaje convencional. Antes de llegar a la narrativa, Segovia ya había publicado poemarios como ‘¿Te duele?’ (2009, V Premio de Poesía Joven Félix Grande), ‘La curva se volvió barricada’ (2016, Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández 2017) y ‘Amor divino’ (2018), obras que la crítica consideró entre las más audaces y singulares de la poesía española reciente. En todas ellas, la autora había bordeado sistemáticamente la fabulación novelística, de modo que ‘Las vitalidades’ no representa una ruptura sino una cristalización natural de su proyecto literario.\n\nLa gestación de la novela está atravesada por el contexto biográfico e intelectual de su autora. Segovia, que creció en un pueblo abulense donde sus padres regentaban una panadería, se formó en Publicidad y luego en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Complutense de Madrid. Su obra teatral, con proyectos como ‘Cuarto para niños vivos que no quisieron nacer’, y su participación en el seminario Euraca sobre poesía y lenguaje, han alimentado una sensibilidad que concibe la escritura como un acto de exploración sensorial antes que como una mera transmisión de significado. No es casual que la protagonista de la novela aprenda a escribir mientras Él se sumerge en su estudio y la ignora: el gesto de la escritura aparece aquí como un sustituto de la mirada paterna, como un intento desesperado de fijar las huellas de lo que se desvanece. “Las cosas desaparecidas dejan huellas. A veces no sabemos distinguirlas. Pero las huellas están, son como el remanente de la vitalidad”, escribe Segovia.\n\nLas implicancias de esta publicación en la Argentina son múltiples. Por un lado, consolida el trabajo de Mar de Fondo como una editorial que apuesta por voces experimentales y descentradas del canon mainstream. Por otro, introduce en el circuito lector local una obra que desafía las categorías tradicionales de género literario, en un momento donde la poesía y la narrativa en español viven un proceso de hibridación creciente. Autores como Segovia, junto a otras poetas-narradoras de su generación como Berta García Faet o Sara Torres, están redefiniendo los límites de lo que una novela puede ser. ‘Las vitalidades’, con su tono sombrío y nebuloso, con su lenguaje quebrado y sus imágenes de una belleza desconcertante, propone una lectura que exige paciencia y una disposición a dejarse habitar por la incertidumbre.\n\nLa novela, además, participa de una tradición literaria que, desde el romanticismo hasta la narrativa contemporánea, ha explorado la figura de la mujer encerrada en una casa grande, vigilada por figuras femeninas ambiguas, mientras un hombre ausente determina su psique. Pero Segovia subvierte esa herencia al otorgarle a Rune una agencia perceptiva que trasciende el mero padecimiento: la protagonista no solo sufre la ausencia, sino que desarrolla un sistema de conocimiento alternativo basado en las vitalidades, una forma de leer el mundo que desborda los esquemas racionales. De ahí que el gato —el único ser en quien puede confiar— opere no solo como compañero sino como un testigo de su proceso de desrealización. “Así que comía poco y simplemente atendía. Fue entonces cuando más me encariñé con el gato, pues mientras todo lo demás se alejaba de mí, el gato se me acercaba, o acaso era debido al contraste que me parecía más cercano que nunca”.\n\nEn términos puramente estilísticos, ‘Las vitalidades’ se sostiene sobre una prosa que roza la poesía en prosa, con una sintaxis que privilegia la yuxtaposición sobre la subordinación y un vocabulario que oscila entre lo coloquial y lo lírico sin transición aparente. La novela no concede tregua al lector que busque una historia lineal: hay preguntas que quedan sin respuesta, identidades que nunca se confirman, un tiempo que nunca se fija con precisión. Esa opacidad, lejos de ser un defecto, constituye el principal logro de la obra, pues sumerge al lector en el mismo estado de extrañamiento que padece la protagonista. Como ha señalado la crítica española, la obra recupera, en su protagonista, el motivo de las enfermedades románticas y finiseculares que transitaban del alma a la letra y de la letra al alma, pero lo hace desde una sensibilidad contemporánea que desconfía de cualquier síntesis o redención.\n\nLa publicación de ‘Las vitalidades’ en Argentina plantea, en definitiva, una pregunta que excede sus ciento dos páginas: ¿cómo narrar la ausencia cuando el lenguaje mismo parece insuficiente? La respuesta de Ángela Segovia no es una respuesta sino un método: la atención obsesiva a las huellas, a los remanentes de vitalidad que las cosas y los paisajes dejan después de la desaparición. En un mundo que exige certezas y tramas cerradas, esta novela propone la lentitud, la duda, la fijación en los detalles que pasan desapercibidos. Quizás por eso la narradora repite que no puede fiarse de sí misma, que no distingue bien las cosas. Pero esa falla en la percepción es, paradójicamente, su herramienta más afinada para registrar lo real. ‘Las vitalidades’ no es un libro que se lea: es un libro que se habita, como la casa con torre, el bosque claro y el jardín donde una niña con nombre de letra suelta busca a un hombre que nunca responde.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
