Hay libros que no se dejan clasificar. Obras que transitan el borde entre el ensayo, la poesía y la memoria, y que exigen del lector una forma distinta de atención. Moradas. Una historia espiritual del mundo viviente, de la escritora estadounidense Linda Hogan (Denver, 1947), es uno de esos títulos inclasificables que, al negarse a encajar en un género, abren una puerta a una manera diferente de conocer el mundo. Publicado originalmente en inglés en 1995 con el título Dwellings: A Spiritual History of the Living World, el libro fue finalista del National Book Critics Circle Award y constituye una de las obras fundamentales dentro de la ecocrítica y la literatura indígena contemporánea. La edición en español, traducida por Márgara Averbach, llegó a las librerías en 2026 de la mano de la editorial Compañía Naviera Ilimitada, ofreciendo a los lectores de habla hispana la oportunidad de adentrarse en una mirada que, como ha señalado la crítica especializada, combina el rigor de la observación con la sensibilidad de quien sabe que la Tierra no es un recurso sino un organismo vivo del que se forma parte.
Linda Hogan pertenece a la nación Chickasaw, una de las cinco tribus civilizadas del sureste de Estados Unidos. Su obra —que incluye novelas como Mean Spirit (finalista del Premio Pulitzer en 1991), Solar Storms y Power, además de diversos poemarios galardonados— está atravesada por una preocupación central: restaurar la relación dañada entre la humanidad y el mundo natural. En 2007 fue incorporada al Salón de la Fama de la Nación Chickasaw y en 2023 recibió un Doctorado Honoris Causa en Letras Humanas por la Universidad de Colorado. Hogan, que obtuvo una maestría en inglés y escritura creativa en la Universidad de Colorado-Boulder, ha sido además becaria de la Fundación Guggenheim y del National Endowment for the Arts. Todos estos reconocimientos, sin embargo, no hacen más que confirmar lo que su escritura ya sostiene: que existe una inteligencia en la Tierra que la poesía puede ayudar a percibir.
El libro está compuesto por una serie de ensayos breves que funcionan como estampas, pequeñas incursiones en paisajes, comportamientos animales y recuerdos personales que Hogan entrelaza con una destreza que recuerda tanto a los diarios de Henry David Thoreau como a los relatos de Horacio Quiroga en la selva misionera. Pero a diferencia de Thoreau, cuya contemplación en Walden perseguía una forma de autosuficiencia espiritual, Hogan no se sitúa como un observador externo sino como una participante activa del entorno que describe. Su mirada no busca controlar ni descifrar: busca implicarse. Esa diferencia es crucial y define la propuesta ética del libro.
Uno de los episodios más reveladores del volumen ocurre cuando Hogan recuerda una experiencia de su infancia: al internarse en una cueva, la niña ve a un león. Cuando su padre se acerca, el animal ha desaparecido. No hay rastro del felino. Sin embargo, Hogan sostiene que el olor del león permanecía en su padre y que estaba segura de que el león sí lo había visto a él. Esa certeza —que no necesita prueba científica ni confirmación visual— es el tipo de conocimiento que Hogan reivindica a lo largo de todo el libro. La cueva, escribe, es un espacio exclusivamente femenino, un santuario de curación, un lugar donde se negocia una complicidad silenciosa con el mundo animal. Esa escena cifra la lógica de todo el volumen: la naturaleza no se domina, se habita.
El capítulo que da título al libro examina tres tipos distintos de moradas: las comunitarias, como los hormigueros, las colmenas y las colonias de golondrinas; la cueva con puerta, habitada por un ser humano que elige separarse del resto del mundo; y, finalmente, la morada que es para todos el planeta Tierra. La estructura no es binaria sino dialéctica: la oposición entre las moradas colectivas de los animales y la cueva individual del ser humano encuentra su resolución en la noción del planeta como hogar compartido, una casa que no admite puertas ni exclusiones. Hogan utiliza la palabra «tratados» para referirse a los acuerdos que alguna vez existieron entre los seres humanos y la Tierra. «Está claro que nos hemos desviado de los tratados que firmamos una vez con la Tierra y con los animales», escribe. «También está claro y da esperanzas saber que en nuestro tiempo hay muchas personas —indígenas y no indígenas— que quieren restaurar y honrar esos acuerdos rotos». La elección del término «tratado» no es casual: remite a la historia de la conquista del Oeste estadounidense y a la sistemática violación de los acuerdos firmados con las naciones nativas.
Las implicancias de esta obra trascienden el ámbito literario. En un momento en que la crisis climática global ha puesto en evidencia los límites del paradigma occidental de desarrollo, la propuesta de Hogan —basada en el parentesco interestpecie, la interdependencia y la escucha atenta del entorno— adquiere una urgencia política que no tenía cuando el libro se publicó hace tres décadas. Moradas no es un manual de ecología ni un tratado filosófico, pero su potencia radica precisamente en eso: en mostrar, a través de imágenes concretas y experiencias sensoriales, que otra forma de relación con la Tierra es posible. Las águilas que se vuelven plateadas bajo cierta luz, los murciélagos cuya danza de apareamiento resulta «desconcertante y sombría», los peces que nadan contra la gravedad: cada observación de Hogan es un recordatorio de que el mundo viviente tiene su propio lenguaje, y que ese lenguaje no necesita ser traducido a términos humanos para ser válido.
La traducción de Márgara Averbach merece una mención especial. La versión al español logra conservar el tono poético y a la vez contenido de la prosa de Hogan, en la que cada palabra parece elegida con la precisión de quien sabe que el lenguaje también es una forma de habitar. La edición de Compañía Naviera Ilimitada, publicada en 2026, se suma al creciente catálogo de voces indígenas contemporáneas que están reconfigurando el mapa de la literatura en lengua española.
Moradas cierra con una sensación que no es de conclusión sino de apertura. Hogan no ofrece respuestas definitivas ni recetas para salvar el planeta. Lo que ofrece es más valioso: una forma de atención. Una manera de estar en el mundo que no se basa en la dominación sino en la pertenencia. En un tiempo en que la tecnología promete soluciones que a menudo profundizan el problema de la desconexión, la mirada de Hogan recuerda que el primer paso para restaurar los tratados rotos es, simplemente, detenerse a mirar.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
