El tren fluvial es una película que respira a Leonardo Favio por todos sus poros. No se trata de una simple referencia, sino de una inmersión en el universo estético y narrativo del director argentino más influyente de la segunda mitad del siglo XX. La ópera prima de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale, estrenada en 2026, se presenta como un doble homenaje: por un lado, el clima visual y emocional de Crónica de un niño solo (1965); por otro, la trama de Soñar soñar (1976), el film que Favio protagonizó junto a Carlos Monzón y Gianfranco Pagliaro.
El paralelismo no es casual. En Soñar soñar, Monzón encarnaba a un boxeador del interior que soñaba con triunfar en Buenos Aires como actor. En El tren fluvial, Milo (Milo Barría) es un eximio bailarín de malambo que vive en un pueblo rural y que, tras ver la película de Favio en televisión, decide imitar a su ídolo y viajar a la capital. La diferencia radica en el método: Milo, sabiendo que su padre jamás le permitirá irse, droga a su familia para poder escapar. Es un acto desesperado que marca el tono de una historia donde la infancia se quiebra a fuerza de violencia simbólica.
El viaje en el tren del título es el eje metafórico de la película. No es un simple desplazamiento geográfico, sino un rito de pasaje hacia una adultez prematura. Al llegar a Buenos Aires, Milo se enfrenta a un mundo hostil, sin dinero ni contactos, y los directores recurren al surrealismo para retratar su desorientación. La pareja que lo aloja (Fabián Casas y Pehuén Pedre) y el personaje de Anita Pauls, que le toma una prueba de casting, son figuras que oscilan entre lo onírico y lo costumbrista. Es en ese cruce donde la película encuentra su voz propia, aunque siempre bajo la sombra alargada de Favio.
El contrapunto entre lo urbano y lo rural es otro de los ejes centrales. Ferro y Vignale, que también dirigió Simón de la montaña (2024), construyen personajes prototípicos que parecen sacados de un friso social. El niño del campo que llega a la gran ciudad se topa con una galería de tipos humanos que lo desafían y lo deforman. Es una mirada que recuerda a Luis Ortega, quien dirigió a Ferro en su debut actoral en El Ángel (2018). Pero mientras Ortega opta por un estilo más estilizado, aquí la dupla apuesta por una crudeza lírica que remite directamente al neorrealismo faviano.
La película tiene una duración de 75 minutos, una extensión que privilegia la intensidad sobre la acumulación. No hay espacio para subtramas innecesarias. Cada escena está calibrada para hacer avanzar el conflicto interno de Milo: la tensión entre el deseo de ser artista y la culpa por haber abandonado a su familia. Ese dilema se resuelve en una maduración forzada, donde el protagonista mira con nostalgia su vida anterior, incluso cuando esa vida estaba marcada por la presión paterna.
El tren fluvial no es una película de observación pasiva. Tiene una trama simple, pero efectiva. Los directores se apoyan en la elipsis y en el detalle para construir un relato que gana al espectador minuto a minuto. La fotografía, de tonos terrosos y luces difusas, refuerza la sensación de que estamos ante un mundo suspendido entre el recuerdo y el presente. La música, con ecos de la banda sonora de Soñar soñar, subraya los momentos de mayor carga emocional.
En el contexto del cine argentino contemporáneo, El tren fluvial se inserta en una tradición de películas sobre la infancia y el desarraigo. Desde La ciénaga (2001) de Lucrecia Martel hasta El ángel (2018), el cine nacional ha explorado repetidamente el choque entre la provincia y la capital. Pero aquí hay un gesto adicional: la reivindicación de Favio como padre espiritual. No es un homenaje vacío. Ferro y Vignale toman elementos concretos de su obra (el niño solo, el soñador que viaja, la crítica social) y los resignifican en una clave que dialoga con el presente.
La muerte de Lucas Vignale, ocurrida pocos meses antes del estreno en un accidente en helicóptero, añade una capa de tragedia a la recepción de la película. Vignale, que también era actor y guionista, había trabajado con Ferro en Simón de la montaña. Su partida deja El tren fluvial como un testamento artístico, una obra que habla de sueños truncados y de la urgencia de vivir. Es imposible verla sin pensar en esa ausencia.
El elenco, encabezado por Milo Barría (sin experiencia previa como actor, tal como Monzón en su momento), sostiene la película con una naturalidad que por momentos estremece. Mariano Barría, Fabián Casas y Anita Pauls completan un cuadro actoral que evita el histrionismo. La dirección de Ferro y Vignale se apoya en los silencios y en las miradas, confiando en que el espectador complete lo que no se dice.
En términos de producción, El tren fluvial es una película independiente que se estrenó en salas como el Leopoldo Lugones y el MALBA, espacios tradicionalmente asociados al cine de autor. Su recorrido en festivales, aunque incipiente, ya genera expectativas. La crítica ha destacado la madurez de la propuesta, especialmente considerando que se trata de una ópera prima.
¿Qué implica el homenaje a Favio? En un momento en que el cine argentino busca nuevas voces, volver a Favio es una forma de reconocer una genealogía. No se trata de copiar, sino de aprender de su mirada. Ferro, que saltó a la fama como actor en El ángel, demuestra aquí que su interés por la dirección no es un capricho. Junto a Vignale, construye un relato que indaga en la identidad, la familia y el arte como vía de escape.
La conclusión es inevitable: El tren fluvial es una película que se instala en la memoria. No por su complejidad argumental, sino por su capacidad de capturar la fragilidad de un niño que, como el tren que lo lleva, avanza sin saber qué encontrará al final del viaje. Favio estaría orgulloso.
La película se proyecta en Buenos Aires y promete ser una de las sorpresas del año. Su combinación de realismo social y surrealismo la convierte en una experiencia única, un puente entre el pasado glorioso del cine argentino y un futuro que se escribe sobre rieles.
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