Espectáculos

El Nadador: el fracaso comercial de 1968 que hoy es un clásico de culto

En 1964, The New Yorker publicó un cuento breve de John Cheever que conmocionó a la intelligentsia neoyorquina. Se titulaba The Swimmer. La crítica lo describió como una alegoría devastadora sobre la negación, la decadencia y el paso irremediable del tiempo. Cuatro años después, Hollywood intentó llevarlo al cine con Burt Lancaster, el galán atlético de moda. El resultado: un fracaso comercial estrepitoso que casi nadie vio en su estreno. Sin embargo, con las décadas, la película se transformó en un objeto de culto, un caso de estudio sobre cómo el tiempo puede revertir el veredicto de la taquilla.

El proyecto nació con mal pie. El productor Sam Spiegel, responsable de Lawrence de Arabia, abandonó la producción harto de los retrasos y, según se dijo, porque el olor a cloro le irritaba los ojos. La dirección recayó en Frank Perry, un realizador de trayectoria irregular. Pero la filmación se convirtió en un campo de batalla. La actriz Joan Rivers, en su autobiografía, recordó que Lancaster «dirigió todas las escenas después de que lo hiciera Frank Perry». «Traté de complacer a ambos. Todo se hacía dos veces y nada terminó teniendo ninguna lógica», confesó. Rivers, pionera del stand-up, hacía su debut dramático en cine con un papel secundario llamado Joan.

El caos fue tal que Perry fue apartado en la posproducción y Sydney Pollack se encargó de terminarla. Lancaster, además, tuvo que pagar de su bolsillo el último día de filmación: unos 100.000 dólares de hoy. El dolor en el manguito rotador lo aquejó tras kilómetros de natación. No era para menos: el vestuario consistió en 17 slips de nailon azul exactamente iguales, ajustados, que debían cambiarse cada vez que el agua o el sudor los deterioraban. Imaginen a Brad Pitt, en su espléndida madurez, toda una película en sunga. Eso era Lancaster en 1968.

El argumento es sencillo y perturbador. Neddy Merrill, un publicista de clase alta, decide volver a casa atravesando las piletas privadas de sus vecinos en un condado residencial de Connecticut. Bautiza la ruta acuática como «Río Lucinda», en honor a su esposa. Lo que comienza como un desafío deportivo y lúdico se transforma en una odisea existencial. Cada pileta es una estación, un encuentro con vecinos que revelan gradualmente el deterioro de su vida: infidelidades, fracasos financieros, la pérdida de estatus. El agua muta: de azul y limpísima a turbia y sucia. El equipo de producción apagó a propósito los sistemas de filtración y echó químicos para lograr ese efecto. La metáfora es transparente: la decadencia física y moral del protagonista.

El cuento de Cheever es una obra maestra de la literatura estadounidense del siglo XX. La adaptación cinematográfica, pese a los problemas, capturó su esencia. La actuación de Lancaster es sensacional, posiblemente la mejor de su carrera. Lejos de la image

n de galán, se muestra vulnerable, obstinado, patético. La película resiste totalmente el paso del tiempo. Su fotografía, a cargo de David L. Quaid, y la música de Marvin Hamlisch, contribuyen a esa atmósfera onírica y melancólica.

El fracaso comercial se explica por múltiples factores. En 1968, el público estadounidense atravesaba un año convulso: asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, protestas contra la guerra de Vietnam, la Convención Demócrata de Chicago. Una película introspectiva sobre un hombre que nada en piletas de lujo no era lo que la audiencia buscaba. Además, la campaña de marketing fue desastrosa: se vendió como una comedia ligera o un drama deportivo, lo que confundió a los espectadores. La crítica inicial fue tibia, aunque con el tiempo se revalorizó.

El filme se estrenó como The Swimmer en 1968. No la vio ni el loro. Se la consideró un fallo comercial. Sin embargo, en los años 70 y 80, con la llegada del cine de autor y la reivindicación de obras maltratadas por la industria, comenzó a proyectarse en ciclos de cine de culto. La revista Sight & Sound la incluyó entre las mejores películas de todos los tiempos en varias encuestas. Hoy es estudiada en universidades y se considera una de las adaptaciones literarias más fieles y logradas del cine norteamericano.

El legado de El Nadador es doble. Por un lado, demostró que un rodaje caótico no necesariamente destruye una obra si hay un material de base sólido y un actor dispuesto a entregarse. Por otro, evidenció los peligros de la intromisión de las estrellas en la dirección y la falta de visión de los productores. Lancaster, a pesar de todo, logró una interpretación que muchos consideran la cumbre de su carrera. Él mismo declaró años después que fue su película favorita.

La historia de Neddy Merrill es también una parábola sobre el sueño americano y su desmoronamiento. La clase acomodada de los suburbios, con sus piletas y jardines impecables, esconde frustraciones y vacíos. Cheever, maestro del relato breve, lo plasmó con una economy de medios que Perry y Pollack supieron trasladar a la pantalla. La escena final, con Neddy llegando a su casa y encontrándola vacía, es uno de los momentos más sobrecogedores del cine de los 60.

En la era de las plataformas y el contenido efímero, El Nadador sigue siendo una rara avis: una película que fracasó en su momento y que hoy se reivindica como una obra maestra. Su influencia se percibe en filmes como American Beauty, Revolutionary Road o incluso en series como Mad Men. El paso del tiempo, que tanto obsesionaba a Cheever, terminó jugando a su favor.

Para los amantes del cine, El Nadador es una experiencia imprescindible. Para los estudios, una lección de humildad. Para Burt Lancaster, un recordatorio de que los galanes también pueden ser grandes actores. Y para el público actual, una invitación a sumergirse en una historia que, como el agua de esas piletas, va mutando hasta revelar lo que yace en el fondo.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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