“¿Por qué ir al teatro habiendo cine? se preguntaban hace cien años. Y ahí sigue el teatro, no resistiendo el embate de nuevas técnicas, sino brindándonos la verdad y la belleza que sólo él puede dar. Así el libro, la lectura silenciosa, creativa e imaginativa. Así la poesía también”. Quien formula esta pregunta no es un especialista en marketing editorial ni un influencer literario. Es Miguel Gaya, abogado especializado en derechos humanos, poeta de larga trayectoria y ganador del XXV Premio Clarín de Novela en 2022 por su obra El desierto invisible. La pregunta que motoriza su reflexión es, en apariencia, simple: ¿por qué merece la pena que un chico se acerque a un libro en pleno siglo XXI? Pero la respuesta, lejos de cualquier dogmatismo pedagógico, se despliega como una defensa de la lectura que no apela a la nostalgia sino a la ontología misma de lo humano.
Nacido en Ayacucho, provincia de Buenos Aires, en 1953, Gaya construyó una carrera que rara vez se ajusta a los casilleros convencionales. Se formó como abogado y dedicó su vida a litigar en defensa de los derechos humanos, al tiempo que, además de escritos judiciales, escribía poesía. Esa doble existencia —el derecho y la lírica— no es en él una contradicción sino una misma cosmovisión aplicada a dos campos distintos. Desde los años 80 participa de grupos, revistas y editoriales dedicados a la lírica. Integró, junto a los poetas Jonio González y Javier Cófreces, el Grupo Onofrio de Poesía Descarnada entre 1978 y 1982, años en los que llevaron a cabo recitales públicos en diversos teatros de Buenos Aires desafiando la censura de la última dictadura militar y sumándose activamente a lo que se denominó “Cultura de las catacumbas”. Fue cofundador de la revista La danza del ratón, que entre 1981 y el año 2000 rescató y relanzó a poetas de generaciones previas, particularmente de las provincias argentinas, que hoy forman parte del canon nacional.
Poesía y derecho, lejos de ser compartimentos estancos, se articularon en su trayectoria de un modo orgánico. Como abogado se involucró en la defensa de los derechos humanos desde la Secretaría de Derechos Humanos de la Asociación de Abogados de Buenos Aires. Es asesor legal de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA), y colaboró activamente en la campaña destinada a impedir la impunidad del crimen cometido contra su asociado José Luis Cabezas en enero de 1997. Representó a la entidad en el juicio oral que logró la condena judicial de los homicidas del reportero gráfico, un caso que conmovió a la sociedad argentina y que expuso las conexiones entre el poder económico, político y mediático de la época. Es socio honorario de la Sociedad de Escritores de Argentina (SADE) y socio del Centro PEN Argentina, asociación internacional cuyo objeto es la defensa de la libertad de expresión y de conciencia de los escritores. En 2023 fue reconocido como Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, y recibió el Premio Taty Almeida por su trayectoria en defensa de los derechos humanos.
Su obra literaria, traducida y publicada en España, Italia, Francia y los Estados Unidos, incluye títulos de poesía como La vida secreta de los escarabajos de la playa (1982), Levanta contra el viento la cabeza oscura (1983), Colección Robin Hood (1994), Siluetas en la corriente del río (2000), Los poetas salvajes (2003), Lo efímero y otros poemas inestables (2009) y Mediterráneo (2011). En narrativa, publicó las novelas Contemplar ese animal sangriento (2008), Una pequeña conspiración (2012), Las hormigas argentinas conquistan el mundo (2020) y la nouvelle Cartas a una vieja poeta. Su novela El desierto invisible, ganadora del Premio Clarín de Novela 2022, es una ficción de imaginación histórica ambientada en la turbulenta frontera con el indio durante el siglo XIX argentino, donde personajes sin nombre —el indio manco, el coronel, la mujer que acuna la cabeza del marido degollado— exploran modos de vida alejados de la versión civilizadora hegemónica.
Consultado por Clarín sobre qué libro le regalaría al niño que fue, Gaya respondió con una negativa que tiene una raíz autobiográfica clara: “No le regalaría ningún libro nuevo. Ni siquiera trataría de poner orden en sus lecturas”. Y agregó: “Fui mayormente autodidacta (en cierta forma lo seguí siendo)”. En lugar de un título específico, prefiere celebrar el azar de las lecturas iniciáticas a través de su propio poemario Colección Robin Hood, un libro que, según explica, “rescata los libros de aventuras de esa gran colección iniciática para tantos lectores de mi generación. Y no es un libro de nostalgias, sino un libro adulto de celebración”. La mención a la colección Robin Hood —emblemática editorial argentina que durante décadas acercó la literatura clásica a millones de niños y adolescentes— no es casual: funciona como un puente generacional que conecta la experiencia de lectura de los años 60 y 70 con las nuevas generaciones que crecen rodeadas de pantallas.
Las implicancias de esta postura van más allá de una recomendación literaria. En un contexto donde la irrupción de la inteligencia artificial generativa, la saturación de estímulos digitales y la fragmentación de la atención plantean interrogantes profundos sobre el futuro de la lectura, la respuesta de Gaya —que no prescribe un libro sino una actitud— constituye una defensa de la lectura como práctica de libertad. “La voz, la escritura, la lectura silenciosa siguen teniendo una potencia abrumadora y feliz”, afirma. “Poner libros al alcance de los niños es, en forma literal, ayudarlos a ser humanos. En lo que tenemos de creatividad, autoconciencia y pulsión de trascendencia”.
La diferencia entre el consejo de Gaya y las habituales listas de “libros recomendados para niños” es sustancial. Mientras que la industria editorial y las plataformas digitales tienden a prescribir lecturas basadas en algoritmos, edades y géneros, Gaya reivindica el derecho del niño a perderse, a elegir mal, a descubrir por sí mismo. Esa perspectiva, que podría parecer contracultural en un ecosistema obsesionado con la optimización del tiempo y el rendimiento lector, encuentra sustento en su propia biografía: un lector que llegó a la literatura sin tutores ni planes de lectura, que se formó en la resistencia cultural durante la dictadura, y que entiende la poesía no como un adorno de la existencia sino como una forma de conocimiento que interpela la dimensión más profunda de lo humano.
La trayectoria de Miguel Gaya ofrece así una respuesta articulada a la pregunta inicial. Leer con los chicos en el siglo XXI no es, para él, un acto pedagógico medible en resultados. Es un gesto de confianza en la potencia de la palabra dicha y escrita, en la capacidad del lenguaje para construir subjetividades críticas, y en la certeza de que, como el teatro frente al cine, la lectura silenciosa sigue brindando —contra toda apuesta tecnológica— una experiencia de verdad y belleza que ningún algoritmo podrá reemplazar.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
